jueves, 26 de julio de 2018

Errar ( un texto para Revista 27)

La Revista 27 nos convocó junto a mi socia y amiga Eliana Nieves a participar de la última edición . 
http://revista27.com.ar/viajes/errar/

 
Los lugares más impactantes del planeta, los más exóticos, los más bellos, los que  absolutamente hay que conocer   antes de morir, el top-ten de los destinos. Todas las  pestañas abiertas en mi computadora  son un testimonio lapidario  de que es domingo y estoy sola. Apenas escribo viaj…. y el proceso de selección de Google se activa  tirándome tips, blogs , visitas virtuales, videos 360 grados , wikipedia y diccionario bilingüe.
    Lugares. Territorios. Áreas. Zonas. Places. Lugar se dice “place” en inglés y con esa economía característica de la lengua  anglosajona,   también se usa como verbo: “place” es acomodar, alojar, asentar, colocar. Así como usamos “chatear”, “lugarear” sería una encantadora versión  en español.  Lugareo mi cabeza sobre tu pecho suena hermoso y más aún en domingo. Arranco a escribir un poema  con esa idea,  pero la falta de aceptación de mi  creatividad de la revisión automática del Word me saca de mis fantasías.   El corrector ortográfico marca un supuesto error. Errar también quiere decir  vagar, ir de un lugar a otro. Ni más ni menos lo que  hago todos los domingos  hueveando por  internet.  
      De pronto me ataca un brote rebelde  de fin de semana que agoniza. Me despabilo. Quiero desoír  al Corrector Ortográfico y dejar  que  mi lenguaje salga de andanzas.        ¿Qué pasa  con todas esas palabras que luego de clickear  el mouse a la derecha  quedan omitidas? Todo un mundo de palabras exiliadas por erradas,  una especie de condena  que las obliga a peregrinar definitivamente del texto. Me despiertan  simpatía,  no las imagino melancólicas o deprimidas, es más, creo que el correctivo  les dio alas.  Imagino un territorio  de errores viviendo libres de culpa y cargo, palabras liberadas  de la competencia  entre la ese y la ce  o del silencio de la mudita ache, que bastante jodida es,  tan calladita ella.
     Un territorio de errores para visitar.
     Un territorio escondido, negado, un santuario, algo excluido de todo tour.
     Un lugar que no exista ni en libros, ni en enciclopedias.


    Dicen  los manuales
          que los hombres,  en toda su geografía
    además  de
            hombros y brazos y pelos y barba y piernas y pieles y pene
   tienen una laguna

            escondida

            al sudoeste  del corazón
adonde  van a parar sus lágrimas cuando sufren por amor .
Y,  como los hombres no lloran,  
les sudan las manos
para disimular tanta tristeza.


       Me fui al carajo en expedición por  tus territorios.
      Son las consecuencias de escribir un domingo.

                                                                                                          Roxana D'Auro

miércoles, 18 de julio de 2018

Todas las casas donde viví


En el marco del taller literario para adultos que dicto , estamos abordando la vastísima obra de Paul Auster . Siguiendo un poco el formato que utiliza en "Diario de invierno" salen estos relatos . 

Todas las casas donde viví 

Mamá cuenta que cuando nací vivíamos en una pensión en Ramos Mejía,  pero yo no tengo recuerdos.
Mis primeros recuerdos son posteriores.

       1)  Cuando vivíamos en la pensión de Av.  Castro Barros.
Mamá peinándome tirante el pelo, tanto que me hacía doler. Otra cosa que me dolía era el último botón del cuello del guardapolvo  tableado, cerrado atrás con un lazo.
Tomaba mate cocido con leche. Mamá después lavaba  la taza en una cocina compartida. Los baños también eran para todos, una hilera de baños a lo largo de un pasillo. Pero nuestra pieza tenía un balcón. Yo sentaba todas mis muñecas ahí y les leía “La gran enciclopedia de los pequeños”. La gente  pasaba y  me sonreía. Cerca había una iglesia, íbamos los sábados a la noche a ver a las novias. Alguien de la pensión se compró un televisor, el único, y  nos invitaba a ver la novela. Éramos muchos amontonados alrededor de una mesa.  En nuestra  pieza la mesa estaba junto a la cama. Un día saltando en la cama me di la punta de la mesa en la ceja. Sangré. Es mi ceja  derecha. Nunca más me creció el pelo donde me quedó esa cicatriz.

2)      Cuando vivíamos en Senillosa 573.
Fue mi primera casa. Casa, casa de verdad. Estaba en ruinas, tanto que muchas veces mientras cenábamos se desprendían pedazos del cielorraso que caían sobre la comida. Tenía cuarto propio. Del techo altísimo colgaba una araña antigua  de hierro forjado. Tenía la fantasía de que mientras durmiera, una noche ,  se iba a desprender un pedazo de cielorraso con araña y todo y me iba a matar aplastada, por eso dormía siempre tapándome la cabeza con la frazada.
Tenía patio y mamá en esa época juntó muchas macetas. Había todo tipo de plantas, malvones, lazos de  amor, una a la que ella le decía  “la lavandina”, el dólar, la “San Siberiana”. No se que se hizo de esas especies, salvo los malvones que resisten, ya no se las ve más en los viveros ni en las casas. Parece ser que las plantas también pasan de moda. Papá y mamá también tenían un cuarto para ellos y ya había en casa  una tele  que estaba frente a la cama, sobre  una mesita con ruedas para llevarla al living mientras cenábamos. Me acuerdo que en esa cama, vi con ellos dos la llegada del hombre a la luna.

3)      Cuando vivíamos en Villa Crespo.
Era un  departamento sobre el primer piso en Av. Juan B Justo. Creo que  aún hoy, ese barrio  se debe seguir inundando como por aquel entonces, cuando mirábamos por la ventana  el vórtice que se formaba en  la alcantarilla con todas las bolsas de la basura  que  flotaban  en un remolino. Teníamos muebles nuevos, creo también que fue la primera vez que tuvimos muebles nuevos y yo un Wincofon.  Usaba  unos auriculares acolchados y  ponía discos importados de Queen bien fuerte, para no escuchar a papá y a mamá discutiendo. Ahí festejamos mis quince años. Mi abuela me regaló una máquina de escribir portátil que lamento no haber conservado.


4)      Cuando vivíamos  en el hotel del mundial 78.
En el barrio de Once, para el mundial, se habían construido unos hoteles que después del mundial quedaron vacíos, así que los alquilaron como”departamentitos”. Ahí fuimos a vivir con mamá cuando ella y papá se separaron. Decir que era chico, es una generosidad idiomática. El habitáculo era minúsculo, mal ventilado  y oscuro. Para abrir la cama, teníamos que  plegar la mesa. Pero teníamos teléfono. Yo estaba entusiasmada con el tema del teléfono, aunque fuera por conmutador. Tenía amigas del secundario y algún que otro pretendiente ya. Me gustaba recibir llamadas, aunque en la mitad de la conversación  la operadora  hiciera ruidos e interferencias para que libere la línea. También recibía cartas porque escuchaba un programa de radio que daba al aire tu dirección y tus gustos musicales para que te contactes con gente afín. El Instagram de la prehistoria. Eran los tiempos de los jeans manchados adrede con lavandina, de las Topper rojas y  los primeros recitales. Eran los tiempos en que cada vez que llegaba tarde, mamá estaba  esperándome, sin dormir, sentada en el borde de la cama.

5)      Cuando vivíamos en Rivadavia y Cucha Cucha
En ese departamento en un quinto piso viví primero con mamá, después con  el padre de mis hijas y mis dos hijas. Ese fue el departamento donde pasé mis embarazos, mis partos y mis inicios a los tumbos como madre. Recuerdo que en el mismo piso había otros dos departamentos. En uno, una chica más o menos de mi edad,  murió cuando se hizo la cirugía estética en la nariz porque se pasaron de anestesia. En el otro,  una chica  apenas un poco más joven, se hizo mi amiga. Me regaló un libro de Herbert Marcuse. Lo leí muchos años después. En ese entonces no podía leer, lloraba mientras daba la teta a mi segunda hija y la primera en un ataque de rabia arrojaba alrededor mío  todos sus juguetes.

6)      Cuando vivíamos en Juan Bautista Alberdi y Hortiguera .
Las puertas ventanas del departamento llenaban de sol el living con parquet de madera. Sentada en el piso, con la espalda apoyada en el vidrio caliente terminé de leer, con mis hijas jugando alrededor, Cien años de Soledad. Viví un tiempo ahí con el padre de mis hijas, hasta que nos separamos. Estaba estudiando en Bellas Artes. Tuve que terminar la carrera asistiendo a todas las cursadas con ellas. Una noche, cuando bajamos del 53 que nos traía desde La Boca, se largó a llover torrencialmente. Llegamos empapadas, con miedo y culpa de que se enfermen, las hice desvestir y  las tres juntas  nos dimos una ducha bien caliente. Siempre me dolió ese recuerdo hasta que, un día, hablando con ellas,  ya hechas mujeres,  descubrí que era uno de sus más hermosos recuerdos de la niñez.

7)      Cuando vivíamos en Av. Asamblea, cerca de la cancha de San Lorenzo que luego fue un Carrefour.  
Era una casa chorizo, un pasillo con el departamento de los dueños al fondo y una escalerita con otro departamento  arriba donde vivía un viejo solterón.  Los viejos, (los tres), fueron una pesadilla. El señor de arriba a las siete de la mañana, los  domingos ponía marchas militares y los  dueños  se tomaban la atribución de entrar a mi departamento con una copia de llaves si se largaba una lluvia repentina  a correr el toldo  de lona verde para que no se moje. Las baldosas del patio eran bien lisas y mis hijas jugaban al culipatín, deslizándose con el agua de una manguera. Una vez, cuando volvimos  de vacaciones,  encontramos un agujero en el postigo de madera de una de las puertas que daban al patio. Pensamos que nos habían querido robar. Había sido una rata, que encerrada en la casa,   mordió la madera hasta salir.
Fue cuando decidimos que no queríamos vivir más con las ratas de la ciudad  y nos mudamos al campo

8)      Cuando nos vinimos a vivir a La Plata.
Tuvimos huerta y hasta espantapájaros. Cumplí mi promesa de que mis hijas iban a poder tener todos los animales que quisieran y desde entonces pasaron por mi casa gatos (muchos), perro, peces, tortugas (de tierra y de agua), culebras, arañas, cobayos, conejos, axolotes, conejitos de India, lagartos. Tengo una higuera y hago dulce de higos. Armo la Pelopincho y muy de a poco  fui haciendo de mi casa un hogar.
Hoy además,  es un refugio, cada tanto, de gente que se junta a compartir lecturas y que me deja  un  sol en el living.

                                                                               Roxana D’Auro

lunes, 12 de febrero de 2018

Crónica sobre las Ruinas de San Ignacio



El calor es aplastante. Somos nosotros dos y un grupo de hombres de negro: seminaristas, mitad argentinos, mitad brasileros. Esperamos todos bajo la sombra de un gran árbol al guía.  Hay un entusiasmo de viaje de egresados  entre los seminaristas. Quieren además ir a Loreto cuando terminen acá en San Ignacio.  Suponemos que vienen haciendo  un itinerario turístico religioso.
Allá a lo lejos se acerca el Sr. Guía con parsimonia, arrastrando una pierna. Nos sentimos desamparados apenas empieza a hablar. Será una experiencia difícil, sin dudas,  y nos miramos desconcertados. Aclara el hombre, pañuelito en mano, para secarse la baba de la boca,  que ha tenido un acv , que no está borracho aunque hablando si lo parezca , que está haciendo un esfuerzo y  espera que nosotros también lo hagamos. Imposible negarse. Ser guía del lugar es su única fuente laboral, ni con acv puede darse el lujo de perderla. Así que hay que arremangarse y ponerle voluntad. Vamos haciendo el recorrido serpenteando entre medio de muros ruinosos  y amuchándonos  bajo la sombra de los árboles para escucharlo con atención.
El Sr. Guía sabe mucho. No tiene un speech simplemente, sabe y responde,  porque  los seminaristas parecen dispuestos a ponerlo a prueba, todo  quieren preguntar.
Hay palabras incómodas  que resuenan: “plaza de armas”, “Compañía de Jesús”,“Superior General “. La doctrina militar y la religiosa  van de la mano. Convivían  los esfuerzos por aprender el idioma de los nativos  con  los castigos  por doblegarlos en sus costumbres  como el derecho de pernada o la poligamia.
Los curitas quieren saber bien el nombre del que hizo cumplir la orden de expulsión de los jesuitas en Argentina, quien fue el responsable del desenlace de una novela  donde hay instigación, voto de obediencia, poder y disputas económicas. A nosotros, en cambio, nos interesa  más  el tamaño del techo del templo, la hazaña  que habrá sido  montar los  tirantes , largos como los árboles más altos de la selva. También nos llama la atención   que el  cementerio sea tan chico . Sólo   los  pocos  que morían de viejos eran enterrados ahí . Los demás, la mayoría,  muertos por las pestes , en otra parte.Yo que le saco fotos a todas las plantas , helechos y musgos me quedo embobada con  una higuera estranguladora  abrazada a   una columna de piedra  durante tantos años hasta esconderla en su interior. Un abrazo eterno, dice el guía .
Néstor le saca a los curitas una foto  en  lo que había sido el frente del templo. Todos posan igual que  en las  fotos escolares: los más altos atrás, algunos agachados como en un equipo de fútbol. Después de eso se relajan,  hace mucho que estamos recorriendo  el lugar y saben que no llegarán a Loreto. El que dirige el grupo, es  sacerdote ya  y nos pregunta de donde somos, con ese afán geográfico que tiene la gente  en vacaciones. Nos cuenta con alegría que se ordenó en la Catedral de La Plata,  logrando emparentarnos de algún modo. Dice que hace doce años está en Brasil, que le costó al principio entender el idioma   y que la primera vez que le preguntaron : ¿cuantas vagas hay  para seminaristas?  se sorprendió  y pensó :¡Esto es cualquiera!,  hasta que cayó en la cuenta de que hablaban de vacantes .
-Porque las vagas son garotas, meninas,  traduce   a sus alumnos en portuñol . Y todos rien . Reimos . Un aplauso rotundo  felicita el esfuerzo del guía y el nuestro por entenderlo.  Salimos y el grupo entero  se queda junto a un carrito, una especie de merchandising móvil  y tercermundista  que está estacionado en la calle, vendiendo  libros, videos  y postales . Nosotros les echamos  una última mirada a todos esos jóvenes,  nos alejamos caminando  y si, como somos paganos, nos preguntamos cómo  puede ser. 


Roxana D’Auro 

viernes, 9 de febrero de 2018

Crónica sobre Horacio Quiroga



-¡Por culpa de ese cuento nunca más dormí con una almohada de plumas!
Mi peluquera rezonga  sobre la morbosidad de Quiroga y  no entiende la insistencia  de algunos docentes   con ese y otros cuentos  donde un hombre agoniza por la picadura de una serpiente o unos hermanos idiotas matan a su hermanita, habiendo tantas otras cosas lindas para contar, dice.
Siempre hablo con ella de literatura  y así como  reconoce no acordarse cuál es el que se transforma en cucaracha  , ni saber la diferencia entre libro, cuento y novela , lleva aún a Horacio  en la piel , su crueldad bestial y selvática  latiendo como algo vivo y posible , al punto  de ser el responsable  de que duerma sólo sobre almohadas de gomaespuma .
Mientras le cuento sobre los planes de mi próximo viaje,  no puede creer  que   no  vaya a  hacer ningún tour de compras (¡Qué pecado estando tan cerquita de  Ciudad del Este!) y menos aún que el   itinerario   termine precisamente en San Ignacio,  en la casa de Horacio Quiroga.

Apenas dejamos  la ruta 12 , siguiendo las indicaciones  de un cartel , un camino de tierra colorada  se abre a fuerza de perseverancia  y   deja intuir lo que aquello debe haber sido  en 1910, o sea más o menos lo que es ahora.
Llegamos.
En el predio hay dos casas. Una es una réplica de la primera casa de madera que se incendió. La otra es la casa de piedra, tal cual la construyó Horacio. Adelante hay un centro de visitantes. Se nota que es algo nuevo, tiene esa atmósfera   de lugar no vivido. No hay un solo libro. No se hace mención en las paredes a sus obras. Sólo hay fotos en blanco y negro, manchadas, llenas de humedad bajo el vidrio,  que podemos ver mejor digitalizadas en una pantalla. En las fotos Horacio está en su taller posando  con   las herramientas detrás   , andando en moto, en cueros junto a una canoa, en la cocina con una  colección de pieles colgando de las paredes o  parado al lado del hogar con un atizador en la mano. Quien entre a ese lugar sin saber quien era Horacio Quiroga difícilmente descubra  que era escritor.
También hay una pantalla donde se proyecta un fragmento de una película que se hizo en su casa. Horacio  tiene un coati enlazado del cuello con una cadena o una soga, como si fuera un perro, y el coatí intenta morderlo varias veces. No me gustan los coaties . Uno, en el parque nacional, nos robó de adentro de la mochila un  paquete de  galletitas que era en realidad nuestro almuerzo. Son como ratas disfrazadas de ositos. Me gustaron menos aún después de leer el cuento “historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre”. Es un cuento extraño, sobre un coatí salvaje  atrapado y domesticado que luego, aunque andara suelto, él mismo se iba de noche a su jaula de donde  no puede escapar cuando  una serpiente  lo pica. ¿Será ese el castigo de los domesticados? Miro varias veces la expresión de Horacio en la película en blanco y negro, es un fragmento nada más, pero puedo descubrir algo de satisfacción en él cuando el coatí insiste en morderlo una y otra vez. Creo que eso  es lo que  buscaba,  la mordida, el rasguño, la picadura, la selva misma, como en “la guerra de los yacarés” diciendo  ¡No van a pasar! Por eso miro alrededor  buscando algo de eso  que a el lo atrajo, pero  éste es ahora  un lugar para visitantes, el césped está cortado, las cañas tacuaras  mantenidas a raya. Hay tan poco de Horacio en este lugar replicado. Lo original fue saqueado durante 50 años en que la casa de piedra estuvo sumergida en el abandono, ya donada por la viuda al estado provincial que no se decidía  a recuperarla . Lo salvaje, controlado.
Hay un dato, sin embargo, que leo  por ahí y me atrapa : presa de su ansiedad Horacio coloca las maderas del techo de su casa sin esperar su estacionamiento, verdes . Obviamente el techo se arruina .
Tal vez no le haya importado mucho . Horacio, sin dudas,  debe haber sido un hombre  para dormir bajo las estrellas.


Roxana D’Auro

domingo, 31 de diciembre de 2017

Feliz año nuevo

La quema de muñecos platense 

Mucho antes de venir a vivir a La Plata , visitando a mis tíos que siempre fueron de acá, fui testigo por primera vez de esta costumbre. Sería más o menos 1971, yo estaba en primer grado y , la verdad , debo confesar que todos los vecinos que prendieron fuego un muñeco hecho con un jean y una camisa rellenos con paja,  me parecieron unos salvajes . 
Después , por esas cosas de la vida , me mudé también yo a esta ciudad y me hice platense por adopción y adopté la costumbre ( hasta me empezó a gustar la movida) de salir a recorrer la ciudad para ver la mayoría de muñecos posibles. 

A lo largo de los años los muñecos también se transformaron en testigos de las diferentes épocas por las que pasamos . 
Hubo un momento en el que reflejaron la fiesta mentirosa que vivía el país del "todo por dos pesos" . Llegué a ver por aquel entonces a "La bella y la bestia" con todo el cuerpo de la bestia recubierta de piel sintética (!!) y la pareja danzando sobre una base móvil que giraba con un motor. O un Tiranosaurus Rex , que  superaba , seguramente ,  el tamaño que tuvieron esos bichos en la prehistoria , asomando parte de su cuerpo por el portal de Jurassic Park , todo montado en un gran operativo con una grúa . Eran tiempos locos donde los muñecos estaban rellenos de cualquier cosa, de aerosoles vacíos para que exploten más y más fuerte y donde cuando el Momo ardía una ola de calor tipo bomba agente naranja avanzaba sobre la gente que corría en estampida al grito de ¡ohhhhhh!. No había vallas , ni medidas de seguridad y el hollín y las lenguas de fuego llegaban hasta los cables de luz, chamuscaban las copas de los árboles o ennegrecían las casas de los vecinos. Una verdadera barbarie deliciosa . 
Después empezaron los certámenes y los grupos organizaron fiestas y shows de fuegos artificiales para convocar a la gente y te hacían esperar horas con toda esa gilada cuando lo que todo el mundo clamaba era que el maldito muñeco ardaaaaaaaa. 
La cosa se desmadró cuando llegó la regulación y el premio en plata y el número asignado por la Muni para cada muñeco que la gente vota por wassap y el dron que te filma todo desde el aire y el montaje frente a la "escena" ( porque ya no tiene gracia que sea un solo muñeco, uno solito con su alma , ahora tienen que ser tooooodos los personajes de la película ...hasta llegaron a hacer los 101 dálmatas , ¡¡¡si!!! 101 perritos más los padres y Cruella y todo lo demás) para que la gente haga fila , bien proli , todos organizados por una cuerdita y de a uno se hagan la foto frente a la Sirenita o al Rey León y de paso dejen un manguito o se compren la remera del muñeco . 
Qué querés que te diga, yo ando recorriendo las calles internas a ver si todavía me encuentro a un grupo de pibes, un grupo de rebeldes de esos que aún sostienen vivo el espíritu de la quema del muñeco, los que te frenan el auto con una soga para pedirte una moneda para comprar petardos o rompeportones o espantasuegras como quieras llamarlo , lo que sea , lo más barato , lo más ruidoso . Busco en las calles laterales el típico Momo, el de los iniciáticos con forma de paquete de cigarrillos o de caja de leche que dice "chau a la mala leche del año". Me cuesta te juro , hasta vi un muñeco que (ofensa, alta traición ) ostentaba un cartel que orgulloso decía "libre de pirotecnia". Un momo libre de pirotecnia es como un asado de veganos, déjenme de joder y me dan lástima los perritos ,si , pobrecitos, pero también me doy lástima yo cuando camino por la calle y piso mierda canina. 
Tengo un recuerdo glorioso : un Batman pedorro que habían hecho los pibes del barrio , un año en el que llovió todos los días previos al 31 y no hubo nylon que pudiera protegerlo. Cuando lo empezaron a quemar , el Batman largó un humo blanco , como cuando quemás pasto recién cortado y a todos se nos pusieron los ojos rojos y nos pusimos  a llorar y a toser y de pronto, majestuosamente , como sólo saben  hacerlo los grandes , se le aflojaron las piernas, si al Batman , y cayó de rodillas frente a todos . 
¡¡Eso si que es matar a un año !!!


Roxana D'Auro

jueves, 9 de noviembre de 2017

La muerte de las dos Sofías

Una maravillosa topadora avanza por la Avenida 32.
Ocupa prácticamente todo el ancho de la avenida y nosotros  encerrados en nuestros autos,  vamos detrás, seguimos su paso lento  y majestuoso.
Nadie toca bocina, a pesar de que es mediodía  y todos tenemos que llegar a alguna parte.
La parada del colectivo está llena de gente que mira avanzar a la topadora en silencio .También se dan vuelta todos los que están haciendo, enfrente, la cola en el Rapipago.
Sólo algunos chicos que recién salieron  de la escuela cruzan la calle corriendo,  para verla de cerca. Es la morbosidad infantil, ese encanto por la muerte.
Nosotros, en cambio,  seguimos detrás de ella  como la caravana fúnebre que va al cementerio. Adentro del auto me pregunto: ¿Puede morir una casa? ¿Podemos simplemente pararnos en la vereda para ver como cae de rodillas vencida?
La topadora dobla hacia la izquierda y entra. Entra a “Las dos Sofías”
Nunca supe quien vivía ahí pero sí que “Las dos Sofías “ ya estaba plantada en 137 y 32  cuando todo era campo. Cuando mi vieja era una jovencita  que llegaba hasta esa esquina después de caminar dos cuadras con las patas metidas en el barro y esperaba bajo la copa de los  árboles  un 508 , antes de transformarse en Oeste . Un 508 que la esperaba si ella se retrasaba  guardando  las alpargatas embarradas en una bolsa  para ponerse los zapatos para ir “al centro”.
La topadora come árboles, come cañaverales, tiene un hambre voraz.
Ya no hay sombra en la esquina para esperar el colectivo.
Ya no hay banco en el frente de la casa donde adivino se sentarían a mirar quien pasaba.
Paso un par de días después y ya de lejos diviso  el agujero .
Un vacío enorme abraza el esqueleto de la casa.
En el alero brotaron bien verdes algunas plantas, unas enredaderas ajenas  a lo que se avecina.
                                                                                                                                        Roxana D’Auro 



jueves, 21 de septiembre de 2017

Blue Rebel

Blue rebel
(Texto que acompañó la instalación sobre cianotipo en la Muestra de Fotografía  4 Elementos/ 4 Artistas)

"Para ver el azul mirams el cielo. La Tierra es azul para quien la mira desde el cielo.¿Azul será un color en sí o una cuestión de distancia? ¿O una cuestión de gran nostalgia? Lo inalcanzable es siempre azul ".
                                                                                   *  Clarice Lispector




Hay un gesto  de rebeldía, en plena era digital, al elegir la cianotipia como proceso de impresión fotográfica. Una rebeldía nostálgica  que reivindica el herbario, la mesa de trabajo,  las bateas. La instalación que forma parte de 4 Artistas 4 Elementos  es un intento de emulación  del backstage del proceso  casi alquímico   de esa antigua técnica. La cianotipia reaparece hoy en Botánica con toda su fuerza,  como una propuesta  que puede convivir  junto a los procesos digitales tecnológicos, una rebeldía azul que se resiste al olvido.

Roxana D’Auro


*Fragmento de “Cosmonauta en la tierra”, Clarice Lispector

https://www.facebook.com/verbolario/ Es un taller de poesía y cianotipo que dicto junto con Eliana Nieves