El bulto se retorcía con el fuego y , a pesar de que ya todos me habían dicho que era un espantapájaros , su forma casi humana no dejaba de darme miedo , por eso lo miraba de lejos, detrás de mi madre.
El muñeco estaba casi en el monte , en el límite con el monte, en la época en la que el monte era una presencia salvaje en el medio de lo urbano .Allá el monte, acá las casas , entre medio, las lenguas de barro que hacían de calles. Después llegaría el calcáreo , el mejorado , las podas, el alambrado , el asfalto, el loteo . Pero por aquel entonces todavía el monte era nuestro bosque, nuestro lugar maldito, el atajo para cruzar en diagonal y acortar camino , siempre y cuando uno quisiera correr los riesgos : las manadas de perros salvajes que lo habitaban , o los linyeras. A los primeros si los vi, cimarrones embravecidos que disputaban cada centímetro del territorio si osábamos entrar. Y si éramos valientes y lo hacíamos , siempre había que entrar bien preparado : una rama en una mano , para amenazar y unas cuantas piedras en los bolsillos si la amenza no resultara suficiente.
Ese día antes de que el vitel toné y la rusa estén sobre la mesa, lo habíamos ido a ver .
Todos los vecinos hacían esa excursión, macabra, de ir a observar al sentenciado a muerte y prometían reencuentros a la hora convenida, saludaban con entusiasmo a los hijos ya crecidos que sólo para esta ocasión volvían al barrio hechos hombrecitos , se pasaban el parte de los nuevos muertos y por lo bajo auguraban la muerte de los que todavía andaban dando vueltas entre nosotros . Yo esgrimía una sonrisa automática cada vez que mi tía o mi madre me presentaban ,pero mi atención entera estaba puesta en el espantapájaros, en sus borcegos viejos , de cuero reseco , en sus pantalones manchados sostenidos por una soga en la cintura , la camisa abrochada hasta el ultimo botón , el saco apolillado .
-Está relleno con estopa , me explicaba mi primo, para que encienda más rápido,
Tenía la cabeza,una cabezota, toda envuelta en medias de nylon de mujer , corridas.
-Le hicimos la cabeza de paja , seguía con los tecnicismos mi primo , y se la envolvimos con medias para que no se desarme .
Era infame esa silueta descaderada clavada ahí en el medio de la alegría , interrumpiendo las corridas de los chicos, proyectando una sombra fantasmagórica sobre los frentes de las casas adornados con lucecitas de colores.
-Cuando lo quemamos se va todo lo malo, volvió a la carga mi primo.
Y lo odié , más que nunca , porque me ponía en evidencia ante todos como la extranjera, la porteña que no entendía las costumbres locales.
La retirada fue casi al unísono , todas las familias fueron a disfrutar sus cenas y postres y vinos y brindis y , parado, o casi como parado , quedó aquel en la calle solitaria , sobre un asfalto que todavía emanaba sus vahos de calor , moviendo su cabezota lentamente por la suave brisa vespertina de verano. Desde la puerta de la casa lo volví a mirar , le miré esa expresión que parecían dibujarle en el rostro las sombras de las ramas de los árboles.
Afuera la calle estaba vacía , adentro las familias a los gritos se pasaban las fuentes con comida; allá, del otro lado del monte, los perros cimarrones aullaban; acá, adentro de las casas, las gentes también aullaban a las doce de la noche . No pasaron ni cinco minutos que todos juntos salieron , de todas las casas salían las gentes, decididas . Hicieron una ronda alrededor del espantapájaros y primero los chicos quisieron prenderlo fuego con unos fósforos, pero llegaron los vecinos de la casa de dos plantas, ellos si que estaban organizados, con antorchas que flameaban amagaban con quemarlo haciendo crecer el deseo de la muchedumbre que comenzó a aplaudir , luego a cantar
- Que lo quemen, que lo quemen....., para terminar gritando , chiflando , pegando alaridos en un fervor exacerbado de manos que se agitaban con los dedos pulgares hacia abajo, y de pronto el fuego le tomó los pies y las piernas se le retorcieron y el linyera ahogó su grito en las llamas que le envolvieron rápido su cabezota mientras todos aplaudían y gritaban feliz año nuevo.
Roxana D'Auro
jueves, 31 de diciembre de 2015
lunes, 21 de diciembre de 2015
La sombrilla de colores
-La sombrilla de muchos colores. Fíjate bien,
dijo mamá.
-Voy a estar sentada acá, al lado de
la sombrilla de muchos colores.
La sombrilla era una de esas grandes con un gajo amarillo,
otro rojo, uno verde, otro azul, ribete blanco.
Era bien grande. Y bien colorida.
Imposible no verla. Imposible
perderla.
El mar estaba allá
adelante, llamándome.
¿Cuántos pasos habrá
desde mamá hasta el mar?
¿Cuánta agua cabrá en un
baldecito de plástico?
¿Cuánto tiempo tardará
una ola en llenarlo?
Sintiendo un impulso que
era un escozor en la planta de los pies, fui hacia el mar, sin dejar de echarle
un vistazo antes a la sombrilla, tan
grande, tan de colores, tan rojo, tan amarillo, tan verde y azul.
Corrí hacia el mar, con
pasos cortos, sintiendo los caracoles triturados pinchándome los pies. Dejé que la arena mojada me los tragara y el
lamido helado del mar los mojara. Luego me miré las manchas de sal en los
tobillos.
Sopesé el balde para
verificar que podría regresar con la preciosa carga , y con balde en mano
levanté la vista. Ante mi horror la playa se había poblado de sombrillas.
Crecían bajo el sol como los hongos
aparecen bajo los árboles luego de la lluvia y la humedad.
Todo sombrillas, sólo
sombrillas, grandes, de lunares, de flores, de colores, de gajos de colores.
Creo que fueron los
colores los que me hicieron llorar o, tal vez el sol, tan fuerte, o la sal del
mar, pero fue la única vez que me
aplaudieron cuando lloré.
Roxana
D’Auro
lunes, 12 de octubre de 2015
El maíz de Chiro
Chiro vive en Misiones.
Donde la tierra es colorada como el rubor que usan
las tías viejas en los cachetes.
Donde los pájaros vuelan bien alto para llegar al
arco iris y teñirse las plumas con sus colores.
Su casa está cerca de Takuapí, un monte lleno de
cañas tacuara que, en las tardecitas de verano, bailan y soplan canciones.
Su abuela es una chamana muy amiga del Cacique del
lugar.
Chiro la ayuda en su caminata diaria, a la mañana, cuando la hierba esta
húmeda y los piecitos se le empapan con agua de rocío.
Piden permiso al Señor del Monte para entrar y
hurgar entre sus secretos.
En unos canastos que su padre fabrica, van
recolectando. La abuela gusta de comer el brote de la palmera pindó, o el fruto
del guembé y la miel de la abeja negra jate’i.
Él se encarga de buscar ka’ a
piky, la hierba tierna para bañar a los
más pequeños.
Chiro no es un indio con pluma, arco y flecha como
los manuales de la escuela muestran en sus láminas multicolores. No.
Le encantan los chizitos, las gaseosas, y cuando
alguien trae pilas del pueblo, juega con sus hermanos en su jueguito electrónico.
Tiene las patitas largas de tero y unos ojos
negros que saltan de su cara.
La “abu” ya no sabe cómo hacer para convencerlo de
que coma lo que el monte le ofrece.
-Si
me hiciera caso, m’hijito no tendría las
tripas siempre gruñendo de hambre, rezonga la vieja. Pero Chiro
sale corriendo con sus hermanos, masticando algún caramelo para
entretenerse sin escucharla.
Un día, la abuela se adentró en el monte y chifló finito, muy finito como si se hubiese
tragado un silbato, y salió de su madriguera una paca.
-¡Ay!,
Paca, Paquita, le dijo -Ayúdame
con este chango, mi nietito.
La abu podía hablar con todos los animales del
monte. Ellos la respetaban mucho, por eso la paca la escuchó y decidió
ayudarla.
La paca era una excelente nadadora y esperó la
oportunidad de acercarse al niño.
Chiro estaba junto al río, caminando solo, haciendo sapitos con las
piedras.
-Chist,
chist-, lo chistó el
animalito.
Él no lo podía creer. Con sus ojos negros, grandes
como escarabajos, la miró mientras se
acercaba tímidamente.
-Hace
calor, le dijo ella con
soltura.- ¿Vamos a nadar juntos?
Con un poco de vergüenza, Chiro reconoció que no
sabía hacerlo y se animó a preguntarle:
-¿Tú
podrías enseñarme?
-
Claro que sí, respondió la paca, sabiendo que el niño había caído en la trampa, aunque me parece que tus piernitas no tienen la suficiente fuerza
para patalear y sostenerte flotando en el agua. Podrías ahogarte o ser llevado
por la corriente hacia abajo, contra las
piedras. Pero tengo algo mágico que te
ayudará. Júrame que no le dirás a nadie mi secreto.
El niño asintió con la cabeza, temblando de
emoción. Entonces la paca se deslizó hasta su madriguera y de allí sacó una
mazorca de maíz.
Decepcionado, el muchacho le protestó:- ¡Pero esto es maíz!
-No
es un maíz común, dijo
ella solemnemente.
-Es
el “avatí shishi”, él se transforma en energía cuando lo comes y te dará el
vigor necesario para que juegues una carrera conmigo en el río.
Chancleteando y levantando polvo rojo por el
camino, Chiro volvía a su casa cuando se
topó con un pecarí, un chancho del monte, que le dijo burlón:
-
Tu enojo se puede oler a diez kilómetros de distancia, muchacho.
-Y
tú qué sabes, le respondió
Chiro, ya no tan sorprendido de que el
rechoncho animal hablara.
-Hagamos una
competencia, le sugirió el chanchito.
-Me
vendas los ojos con un pañuelo y adivinaré cinco cosas que traigas del monte.
Si no lo hago, seré la cena de tu familia.
Chiro recorrió las cercanías. Luego de un rato,
acercó al hocico del puerco unas orquídeas, unos musgos, algunos cactus y hasta laurel y yerba mate.
Asombrosamente el pecarí adivinó sin errores cada
uno de ellos.
-¿Cómo
has hecho eso?, preguntó
el muchacho.
-Podría
ayudar mucho a mi abu, que ya no ve muy
bien para elegir las plantas.
-El
secreto está en el “avatí ava”.
Raspando con sus pezuñas en el barro, desenterró un maíz de granos muy oscuros, intercalados
con algunos amarillos.
-Prueba
con esto, es el secreto de mi don. En un mes, veremos quién gana. Te voy a
estar esperando aquí.
Y corrió a reunirse con los suyos.
Chiro guardó el segundo choclo en su alforja,
pensando en los dones de los animales que él no poseía, cuando apareció
sorpresivamente frente a él un venado.
-¡Hola!, dijo risueño. -¡Casi te tropiezas conmigo!
-Es
que apareciste de la nada, rezongó el niño.
-El
interior del monte es peligroso. Trato de caminar sigilosamente sin que nadie
me vea, le explicó el animal. ¿Quieres que te muestre?
El venado se internó en el sombrío monte.
Adentro, las plantas se abrazaban una
junto a la otra tanto que no dejaban pasar el sol. Chiro caminaba tras de él,
pero por momentos iba perdiendo su paso. El venadito parecía invisible, su
color se confundía con el entorno. En el desorden de troncos caídos y ramas,
saltaba con agilidad y gracia, mientras Chiro se tropezaba, enganchaba su
remera y también su cabello entre los arbustos y cañaverales.
El animal se divertía con la torpeza del niño,
hasta que lo vio completamente enredado entre lianas y toda la enmarañada vegetación y decidió ayudarlo.
El cervatillo le enseñó su danza. Cómo, solamente
con las patas delanteras, se preparaba para dar cortos saltitos esquivando arbustos y mantenía el equilibrio doblando su
cintura. Chiro trató de imitarlo, pero con mucha torpeza terminó con la nariz en el medio del barro.
-Necesitas
algo que te ayude a concentrarte, que
haga crecer tus huesos y dé fuerza a los músculos también, le sugirió.
Sí. El niño deseaba todo eso para poder danzar
así, maravillosamente, en el monte.
El venado,
empujando con su hocico, le trajo un “abatí morotí”, un maíz de granos
gigantes, blancos y amarillos.
Ya resignado y sin entender muy bien cómo todos
los secretos podían estar en un grano de maíz, Chiro llegó a su casa. Cuando su
abuela vio la alforja, se puso muy
contenta y recordó unas ricas recetas que su tatarabuela hacía cuando ella era
pequeña. Pisaron los granos juntos,
cantando hermosas canciones. Luego, con agua del río formaron una masa
bien húmeda e hicieron los bollos. Chiro los achataba hasta transformarlos en
discos, y después en la olla caliente los cocinaron.
Mmmmmm… el olorcito era tan delicioso que todos
los animales del bosque se acercaron. Muchos tímidos, como los pájaros, esperaban alguna miguita perdida. Pero había
tres que sabían que recibirían una muy buena porción.
Ellos eran la paca, el pecarí
y el venado.
Chiro comía con desesperación, pensando en cómo
nadaría, correría por el medio del monte y olería todos sus aromas. Estaba
feliz mientras comía porque al final, la
abu tenía razón y esos bollos eran deliciosos.
Y aunque ahora, a veces, come papas fritas y palitos,
sabe que es dueño de los secretos que
esconden……. los granos del maíz.
Roxana
D’Auro
Cuento publicado en España por Libros en acción
(Cuando los cultivos alimentan coches...relatos sobre los agrocombustibles y el expolio a los pueblos del Sur)
Ilustración : Dolores Mendieta http://www.doloresmendieta.com.ar/
viernes, 11 de septiembre de 2015
Texto que forma parte de un cuerpo de textos mayor llamado Crónicas escolares que estoy escribiendo hace un par de años .
Hoy entró un ladrón a la escuela.
No entró a robar. Entró para protegerse.
La escuela como un territorio neutral,
como un Campo Santo.
La escuela como un espacio donde rigen
reglas ya extintas en otras partes.
Del respeto.
De la igualdad.
Todavía un bastión de la utopía.
La escuela como un zombie maltrecho y despedazado con pedazos de carne
carroñada pero al cual se le puede adivinar cierta belleza.
¿Es esto una crónica policial? ¿Un
borrador de un ensayo filosófico? o… ¿un discernir
catárquico de la memoria, de mi vida en la escuela?
Ocho de
la mañana. Combis naranjas. Besos. Despedidas.
Viandas apuradas en los bolsillos a medio descoser.
Cerca, una plaza, una corrida, una
riñonera arrebatada, tirada al suelo,
del suelo las piedras levantadas, los palos, las ramas. Un hilo de sangre marca
el camino, de la plaza a la escuela.
El ladrón como un pac man buscando el refugio secreto donde los fantasmas aunque estén mirando no lo encontrarán. Fantasmitas
azules de bocas abiertas gritando, blasfemando , a punto de devorarse,
comerse al pac man , tragarlo, masticarlo, destrozarlo como una jauría salvaje.
Y
el ladrón pac man dijo: ¡Casa! Como
cuando jugaba a la mancha, como cuando jugaba en Sacoa.
“Para engañar mejor a los fantasmas hay
que girar a un lado y luego al contrario rápidamente” decían los instructivos,
llegar a la base, estar a salvo, es tan fácil entrar en la escuela. Siempre
de puertas abiertas.
Adentro
los niños, y el ladrón.
Afuera la
jauría, la justicia.
Pienso en
el ladrón, en qué parte de su memoria
quedó grabado como un sello, un ícono a fuego aquello de la escuela
inclusiva, que protege, que contiene. Tal vez en un arrebato inconsciente se refugió en lo que para su niñez, su
infancia o inclusive su adolescencia fue
su refugio, su casa, más que su propia casa.
Si la
seño de turno estaba ahí en la puerta con los brazos abiertos y la sonrisa de
todos los tiempos.
Roxana D’Auro
domingo, 30 de agosto de 2015
Los niños del agua
“Empujados por el viento vamos colgados sobre una banda, ciñendo, de cara al devenir”
Néstor Asprea /Agua en la cabeza.
Los niños del
agua
Esta
historia es de cuando llovió y llovió y llovió.
Es
la historia de cuando todos los zapatos
de todas las zapaterías salieron
flotando por las calles porque ya nunca
más nadie jamás los iba a usar. Y la gente se secaba al sol vuelta y vuelta sobre
los techos de las casas.
Es
la historia de Eric y su amigo Juan, el vecino de enfrente.
Juan
hizo un dibujo del barrio para acordarse donde estaban las casas que ahora
duermen sumergidas.
Eric, con las piernas colgando desde la ventana de su cuarto, en la planta alta, intenta todos los días pescar algo.
Juan,
en la casa de enfrente, se asoma por la
chimenea y, a lejos, con su catalejo parece el marinero que desde el carajo gritó: ¡Tierra!
Pero
Tierra no hay, sólo agua, agua y agua.
Al final de cada
día, va marcando con una cruz roja en su
mapa las casas que la gente abandona,
casas vacías que se van hinchando, hasta
caer de rodillas.
Eric
nada y hace la plancha sobre lo
que era el jardín de su mamá, ya no hay que
preocuparse por malezas ni hormigas, hay un hermoso cantero de algas que bailan despacito con la corriente.
Los semáforos
siguen funcionando. Los dos se preguntan: ¿cómo es
que siguen funcionando? Eric espera a
que pasen flotando dos sillones y una mesa para cruzar a la casa de su amigo.
Lo invita a cenar una anguila que al fin pescó.
Se sumerge en su
propia cocina y bucea buscando un sartén, ¡puede nadar con los ojos
bien abiertos! ¡ y aguantar muchísimo la respiración! , mucho más que antes
cuando iba a la colonia de vacaciones. Las
puertas del bajo mesada están bastante
hinchadas, cuesta abrirlas y cuando lo logra,
todo sale flotando armando
un embotellamiento de cacerolas en la esquina porque
la luz del semáforo cambia a rojo.
No tienen donde cocinar la anguila, entonces comparten un mendrugo de pan sentados
sobre las tejas , con los pies en el agua, extrañados por lo que les salió
entre los dedos.
Pueden chapotear
un montón y salpicar lejos.
Se comen el pan
en bolitas, humedeciéndolo un poco para metérselo en las bocas redondas que abren y cierran.
Al caer la noche
la luna se ve reflejada como un gran
plato blanco sobre la superficie del agua
que se va tiñendo de a ratos del rojo, amarillo, verde, amarillo, rojo,
amarillo, verde, de los tontos semáforos.
Y aburridos como
están, mirándose a la luz de la luna, Eric
le encuentra a Juan una hendidura
detrás
de la oreja y él le descubre a su amigo unas cascaritas plateadas que le están saliendo por
todas partes.
Los dos tienen un deseo incontrolable de tirarse al agua.
Se
zambullen y se quedan dormidos con los ojos abiertos
flotando sobre sus panzas esperando que el viento los navegue.
Roxana
D’Auro
viernes, 7 de agosto de 2015
Por qué los 7 de Agosto pienso en castañas de cajú saladas.
- Mi madre hizo una promesa con mi cuerpo, cuando yo era niña. Prometió llevarle a San Cayetano una vela con mi altura. Desconozco hasta el día de hoy los motivos de semejante promesa, pero yo tenía conocimiento de ella y me angustiaba que el tiempo pasara y mis marcas sobre la pared fueran sucediéndose hasta el punto de yo desear no crecer más hasta que mi madre pudiera cumplir con su endemoniada promesa ya que estaba convencida de que si seguía creciendo, no iba a encontrar fabricantes de velas que las hicieras tan largas o altas. Pero el día llegó. O mi madre juntó los ahorros necesarios para comprar la vela o definitivamente lo pedido había sido concedido y al fin fuimos hasta Liniers, que a mi me pareció ir al otro lado del mundo. Entramos en un negocio donde me hicieron apoyar contra una pared y compararon mi altura con dos o tres velas hasta que encontraron una de la medida exacta y ofrendamos mi cuerpo en forma de vela a un Santo que yo no conocía, que usaba faldas negras y de encaje y ante el cual mi madre se postraba con devoción. Recuerdo el momento en el que encendió la vela, mi vela, o sea mi cuerpo vela y me agarró la manito para apoyarla sobre el vidrio detrás del cual estaba el Santo. No quise ver cómo mi cuerpo se consumía y gracias a la incesante cantidad de gente que desfilaba frente al Santo tuvimos que dejar el lugar. Era verano, calculo diciembre , yo tenía una solerita floreada y la ilusión de que al final del día ostentara una mancha de helado en su pecho, pero no, la segunda misión de mi madre en Liniers era conseguir piñones para su pan dulce y fuimos al único lugar donde los vendían, según aseguraba ella.
- Como en el circo cuando el domador le da a los caballos un terrón de azúcar después de los trucos , a mí mi madre, tal vez como recompensa, me compró una bolsa con castañas de cajú saladas.
- Roxana D'Auro
- Muñeco Ken intervenido como San Cayetano de los artistas rosarinos Pool&Marianela
- http://www.poolymarianela.com/
Catálogo de lluvias
1-
La lluvia que es partícula de luz suspendida
Humedad con aspiraciones de lluvia
La que gusta de mis medias a rayas colgadas en la soga.
2- Como malas palabras salpicadas , así, escupe la lluvia sus
gotas
gotones
sueltos
perdidos
Gasta su juventud en un ciego efímero entusiasmo.
3- Llueve adentro
En la cocina
Sobre tu cama
En el baño
…detrás de la biblioteca la lluvia se mete
quiere conocer los mundos secos
4- Cuando llueve con viento
Juegan carreras las gotas sobre los vidrios
Y yo con un cronómetro les tomo el tiempo.
5- Lluvia negra
Lluvia hambrienta
Lluvia que lame las fotos
Y orina en las páginas de tus libros de poemas
Lluvia negra
Lluvia hedionda
Tu olor a 89 (¿? ) muertos
Lluvia negra
Lluvia silenciosa incansable
La marca en el muro
La tierra lavada
El hongo que crece
Lluvia negra
Lluvia de Abril
6- El deseo se hace lluvias esos domingos en los que stop el mundo cuando nuestros abrazos convocan nubarrones y nuestros gemidos se confunden con los truenos y me voy y te vas con el agua que vemos tras la ventana y nos justificamos y no sabemos que nació primero si la lluvia o el deseo.
7- Odiosa la lluvia que elige lloverse en mi cumpleaños
Lluvia que no entiende de almanaques
Ni de lo tristes que lucen los globos mojados
Lluvia aguafiestas que merece morir bajo una cruz de sal
8- Lluvia criolla
Lluvia argentina
Sin sobretodo
Botas
paraguas
lluvia- conjuro para mezclar harina y agua
y llenar de olor a grasa las casas
9- Lluvia arrepentida
Lluvia esquiva
Lluvia que amenaza con olor a tierra mojada
Lluvia que crece a la distancia, negra, majestuosa
Y nos deja a nosotros
secos en estas calles
No quiere morir en una alcantarilla
Esa lluvia
Se sabe innecesaria … todos en esta ciudad ya tienen agua en sus miradas
10- La lluvia del potrero es una lluvia que no moja, ya lo dicen los lluviólogos , en algunas regiones del planeta la naturaleza de las cosas no se altera por su presencia , parece ser un fenómeno que se da con mayor intensidad en la periferia donde , es evidente , las camisetas no se mojan , ni las zapatillas se embarran ni la pelotas se ponen pesadas. Los protagonistas de esta singular precipitación confirman en sus declaraciones no advertir la caída de la misma, ni tener sensación de frío o humedad alguna sobre el cuerpo, descreen inclusive de los truenos argumentando que seguro gritan sus goles desde el cielo.
Roxana D'Auro
Humedad con aspiraciones de lluvia
La que gusta de mis medias a rayas colgadas en la soga.
2- Como malas palabras salpicadas , así, escupe la lluvia sus
gotas
gotones
sueltos
perdidos
Gasta su juventud en un ciego efímero entusiasmo.
3- Llueve adentro
En la cocina
Sobre tu cama
En el baño
…detrás de la biblioteca la lluvia se mete
quiere conocer los mundos secos
4- Cuando llueve con viento
Juegan carreras las gotas sobre los vidrios
Y yo con un cronómetro les tomo el tiempo.
5- Lluvia negra
Lluvia hambrienta
Lluvia que lame las fotos
Y orina en las páginas de tus libros de poemas
Lluvia negra
Lluvia hedionda
Tu olor a 89 (¿? ) muertos
Lluvia negra
Lluvia silenciosa incansable
La marca en el muro
La tierra lavada
El hongo que crece
Lluvia negra
Lluvia de Abril
6- El deseo se hace lluvias esos domingos en los que stop el mundo cuando nuestros abrazos convocan nubarrones y nuestros gemidos se confunden con los truenos y me voy y te vas con el agua que vemos tras la ventana y nos justificamos y no sabemos que nació primero si la lluvia o el deseo.
7- Odiosa la lluvia que elige lloverse en mi cumpleaños
Lluvia que no entiende de almanaques
Ni de lo tristes que lucen los globos mojados
Lluvia aguafiestas que merece morir bajo una cruz de sal
8- Lluvia criolla
Lluvia argentina
Sin sobretodo
Botas
paraguas
lluvia- conjuro para mezclar harina y agua
y llenar de olor a grasa las casas
9- Lluvia arrepentida
Lluvia esquiva
Lluvia que amenaza con olor a tierra mojada
Lluvia que crece a la distancia, negra, majestuosa
Y nos deja a nosotros
secos en estas calles
No quiere morir en una alcantarilla
Esa lluvia
Se sabe innecesaria … todos en esta ciudad ya tienen agua en sus miradas
10- La lluvia del potrero es una lluvia que no moja, ya lo dicen los lluviólogos , en algunas regiones del planeta la naturaleza de las cosas no se altera por su presencia , parece ser un fenómeno que se da con mayor intensidad en la periferia donde , es evidente , las camisetas no se mojan , ni las zapatillas se embarran ni la pelotas se ponen pesadas. Los protagonistas de esta singular precipitación confirman en sus declaraciones no advertir la caída de la misma, ni tener sensación de frío o humedad alguna sobre el cuerpo, descreen inclusive de los truenos argumentando que seguro gritan sus goles desde el cielo.
Roxana D'Auro
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