martes, 18 de julio de 2017

Migrar

¿Cuántos kilómetros hay que recorrer para migrar? ¿Hay que surcar mares o cruzar cordilleras? ¿Hay que olvidar olores y aprender palabras nuevas?
Hace veintitrés años hice mi pequeña migración desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como le dicen ahora,  a La Plata .  Y si bien  son sólo sesenta kilómetros  , confirmé que uno puede sentir “extrañamiento” hasta en esa corta distancia  . 

Nunca fui buena para las matemáticas y me vine a vivir a una ciudad donde las calles están denominadas con números.  ¡Con todas las cosas que se pueden usar para nombrar como  flores, árboles, fechas históricas, cantantes, actores, escritores y  animales!, a los platenses no se les ocurrió otra idea que ponerles números. En el caos  de Capital me manejaba bien, aunque las calles se llamaran distintas   a un lado y a otro de Avenida Rivadavia. Por alguna  función cerebral porteña uno sabía que si te decían Honduras era más o menos por Palermo  o Tacuarí por San Telmo. Nos manejábamos por alturas.Lo lógico era decir Av. Libertador  al 1400  porque la ciudad es tan grande que Libertador termina por San Isidro y al 15000. Pero en La Plata cuando decís  la dirección,  la primera pregunta que te tiran  es: ¿entre qué y qué? La altura no importa. Ante mi extranjería evidente  los platenses de pura cepa alardeaban haciendo una cuentita que todavía hoy después de tantos  años no aprendí.
Pasar del caos de Buenos Aires  a la ciudad de la traza perfecta  fue la primera gran adaptación geográfica que tuve que sufrir. La Plata es conocida como la ciudad de las diagonales, los platenses cortan camino por las diagonales, nosotros, los de afuera, las miramos con temor, pequeños y diabólicos triángulos de las bermudas que pueden terminar mandándote directamente al extremo opuesto a tu destino  y ni hablar de …   la forma de nombrarlas.  Entre platenses y foráneos también está bien marcada  la diferencia porque los locales dicen el diagonal, por ejemplo el bar esta en el diagonal ,  en lugar de decir la diagonal como decimos nosotros los que quedamos en falta  y bajo sospecha  cuando pretendemos corregir  la primera vez que escuchamos el “error” lingüístico .
También mis hijas notaron  en la escuela que decían fibras en lugar de marcadores y que en realidad muchas cosas son llamadas  de otra forma el lobo es gimnasia y  el pincha es estudiantes  y Buenos Aires es Capital .
Los platenses son bien localistas y al principio puede resultar un poco difícil, no usan las páginas amarillas  y por cada servicio que necesitan  desde un dentista hasta un jardinero preguntan, preguntan a sus amigos, a sus  conocidos, a sus vecinos  y la recomendación,  el boca a boca está a la orden del día. Invertí vanamente  mis ahorros cuando llegué a la ciudad haciendo volantes a la manera porteña para promocionar mis clases de apoyo  .Recién empecé a trabajar fuerte cuando no hice publicidad y mis pocos contactos  empezaron a recomendarme .Este fenómeno también sucede  con  recitales, ciclos de cine, fiestas .Los platenses son como hormigas que por lo bajo están todo el tiempo haciendo cosas:  formando las bandas de rock más emblemáticas de la Argentina , montando obras de teatro increíbles, escribiendo, leyendo poemas a la luz de la luna , pero nunca te vas a enterar  de todo eso leyendo la sección de espectáculos del diario local .Ahora con las redes sociales  es más accesible,  pero en aquel entonces era pertenecer o quedarse afuera y yo me quedé afuera muchas veces .
El tiempo también es distinto. Si te convocan a las ocho jamás empezará sino hasta las diez. Tal vez sea una ventaja  que nos den por si nos perdemos  agarrando la diagonal  incorrecta. Claramente demostrás que no sos platense  si  te invitan a las nueve y caés a las nueve.
Pero a pesar de esos sinsabores de los primeros tiempos ,  La Plata también  pasó a ser ese olorcito a tilo en las calles  y el buen día  del vecino  y  las plazas cada seis cuadras  y las voces pueblerinas de los grupos de jóvenes tomando mate al sol , esos que migran a sus pueblos en el verano cada vez que terminan las clases , una bandada que parte  y vuelve , que va y viene  y que muchas veces queda . ¿Será cierto lo  que dicen que en La Plata hay un odontólogo por habitante? ¿Qué tiene un pasado masón? ¿Qué  hay túneles bajo Plaza Moreno que atraviesan la ciudad y que  las esculturas hacen cuernitos a la catedral? No sé si alguna vez voy a conocer  las respuestas a esas preguntas,  pero hay otras cosas que si aprendí. El 31 de Diciembre, durante la tarde, hago la recorrida  por la ciudad para ver los muñecos platenses, los que en una locura piromaníaca  arderán  en las primeras horas del año nuevo. También aprendí a pasar  manejando  por Plaza Italia y juro que el primer día que lo logré   grité de alegría adentro de mi auto  y siempre,  indefectiblemente desde el 2013 , en alguna  reunión   escucho o cuento   donde estábamos , que hicimos , el 2 de abril  .
Sigo yendo a Buenos Aires una vez por semana a un taller, a veces a visitar  amigas, otras al teatro, o a  algún museo. Alejandra Kamiya dice en su cuento “Partir”  que su padre partió no cuando  salió de Japón sino cuando decidió quedarse en Argentina.
Yo también decidí.

                                                                       Roxana D’Auro

domingo, 18 de junio de 2017

Las otras historias

Papá

“La presencia del hombre se expresa en el arreglo de una mesa, 
en unos discos apilados, en un libro, en un juguete.
El contacto con cualquier obra humana evoca en nosotros la vida del otro, 
deja huellas a su paso que nos inclinan a reconocerlo y a encontrarlo”
Ernesto Sábato
Cuando papá murió yo pensaba que ya estaba muerto.
Así que lo lloré dos veces. Por muerto la primera, por vivir y decidir morirse la segunda.

Después de recibir aquel llamado volví  a meterme en la cama. Muy mal gusto, si, de muy mal gusto  llamar tan temprano un domingo a la mañana para algo semejante. Era el 23 de mayo de 2010. Di mil vueltas hasta que al final me levanté, me habían sembrado la duda. Googleé : Comisaría 19, Capital Federal  , copié el número  y  llamé. Sólo quería constatar  que yo estaba en lo cierto, que era una broma, o un llamado de éstos que dicen  que  te hacen el cuento del tío. Pero me atendió el mismo que había hablado conmigo hacía una hora . Le pude reconocer la voz.
El llamado era para mí, nomás .Coincidía el apellido, con lo raro que es nuestro apellido, el segundo nombre que él usaba como su primero  y su fecha de nacimiento: 6 de enero.
Sí, era El. Era Papá.
Había caído  fulminado por un ataque al corazón , en un bar , viendo  un partido de fútbol por televisión, tomándose una ginebrita tal vez, no lo sé,  ni siquiera puedo decir qué bebidas le gustaban o cuál era su favorita, hacía rato que había dejado de saber cosas  de papá .

- ¿Cómo me ubicaron?
-Internet, señora, Internet. Todo está en Internet.

Lo más esclarecedor y terrible sucedería  luego, al entrar a su departamento, en el que no había en absoluto un vestigio  siquiera  mínimo de mi existencia en su vida , ni una carta o foto  o mi nombre escrito en una servilleta de un bar. Nada. Internet sabía más de mí que mi propio padre.
Pero hasta llegar a  eso faltaba todavía .
Hacía tiempo  que  había asumido  la muerte desconocida del padre ausente. Llegar a esa conclusión fue  el resultado de una búsqueda por años frustrante, Fueron de la  Municipalidad de Benito Juárez, el lugar done él había nacido  , quienes me confirmaron que había muerto,   Pero después  de aquel llamado dominguero, en el cual descubrí que el muerto estaba vivo pero finalmente  terminó muriéndose , desconfié para siempre de los empleados municipales y  quedé  en semejante estado de shock que no era conveniente que manejara yo sola hasta Buenos Aires,  menos aún , en el destartalado vehículo que tenía por aquel entonces. En una hora estaba subida a  la camioneta de unos amigos  rumbo al encuentro con papá. Hay cuestiones que en los relatos deben quedar de lado. ¿Qué interesan las inclinaciones sexuales  de mis acompañantes? ¿O la música  que escuchaban durante el viaje?
Pero el combo de la pareja gay tarareando   la banda musical de las películas de Almodóvar para levantarme el ánimo  por tener que ir a  reconocer  el cuerpo  de mi padre al que no veía hacía  treinta años , considero  que puede ser  un condimento  interesante y por eso he dejado que se cuele en la historia . Cuando llegamos a la comisaría, quedaron fuera, para evitar el riesgo  de que los dejen adentro, tal su facha. Y como señoritos esperaron relojeando mis movimientos y a algunos  polis , también .
-¿Lo reconoce?, dijo el comisario  extendiendo el documento y el carnet donde aquel hombrazo de mis  fantasiosos recuerdos infantiles, alto y mastodonte, se había derretido  y transformado en un  viejito  con la expresión del rostro desdibujada por la flaccidez.
-Hace treinta años que no lo veo, fue la  coherente justificación que encontré  para mi cara de “no tengo ni la menor idea de quien es  este tipo”.
Pero el oficial, con profesionalismo, leyó nombre y apellido completo, además de fecha de nacimiento y si, tenía que ser El.
-¿Y ahora que se hace?, indagué.
- Tiene que ir hasta la Morgue Judicial a reconocer el cuerpo.
Yo, que soy una tipa elocuente, repetí:
-Hace treinta años que no lo veo….
-Al morir en la vía pública, son procedimientos que hay que cumplir.
-Un bar no es la vía pública
-Bueno,  pero es un espacio …..público
-Señor Comisario no creo que sea el momento para discutir conceptos entre lo público y lo privado…. ¿considera esto absolutamente necesario?
Me intriga esta profesión: policías, milicos. Atenerse a los procedimientos por más descabellados que sean. La vida no entiende de procedimientos .La vida se filtra, genera grietas, fisuras y ahí donde nada está ni puede estar escrito o establecido,  es ahí donde esta gente hace agua, se aferra a sus formularios como a una tabla en un gran océano y zozobran  en  el sinsentido absoluto.
Me trajeron de vuelta de mis devaneos mis amigos,  las mariquitas, chistándome através de la puerta y preguntándome: -¿Qué pasa? 
El comisario se había ido, estaba hablando desde la otra habitación: -Si, Señor Juez, si,  vino desde el interior y…hace treinta  años que no lo veía, bueno, bueno,  de acuerdo, le digo. Voy a abreviar este asunto. En definitiva, zafé de aquel  último encuentro cara a cara con el muerto  que, coherente  a su manera de vivir, no tuvo mejor idea que morirse  en un ámbito público  calle o bar, que podemos discutir en otro momento , y nada menos que cuando se cumplía el bicentenario de nuestra patria, una seguidilla de feriados  que obligó a que duerma bajo cero en la morgue  porteña   una semana mientras yo me hacía cargo de….
-Acá tiene las llaves.
-¿De que?
-De la casa de su padre Señora, con lo que odio que me digan Señora.

Afuera las mariquitas ya habían comprado facturas y llamado a otra amiga  que  concurrió al socorro con una prontitud sorprendente y con  su hijo,  de once años.
Con el hijo, las facturas, con las mariquitas,  formábamos todos un grupo heterogéneo que  podría haber ido  tanto a la  marcha del orgullo gay o simplemente  a donde el viento nos llevara, así de frágiles, como hojas.

El departamento era alquilado, había que vaciarlo  o tomar decisiones sobre las pertenencias de papá   antes de entregar las llaves al propietario.
Por primera vez en treinta años  entraría en el mundo más íntimo y secreto de mi padre. De alguna manera se develarían los misterios,  o tal vez tendría las respuestas a  aquellas preguntas.
Entrar a la casa donde hacía algunas horas había respirado, dormido, era como tener  el negativo e imaginar la foto. Cómo se desplazaría cansinamente en  la modesta habitación , cómo tantearía en la  cocina  sin luz, una taza o un vaso , uno aunque sea que estuviese  limpio, cómo amontonaría todos los papeles y cajas y la mugre en un rincón de la mesa para sentarse a tomar un té , sentarse en el borde  de la cama  que se apretujaba junto a la mesa .

Cuando estudiaba en Bellas Artes, durante  el primer año de mi carrera,  en la materia Dibujo el profesor Oliva, un hombre alto  y pelado,  que se escurría lento entre nuestros caballetes ,hizo algo que fue toda una revelación para mí en aquellos tiempos.
Sobre el taburete de siempre acomodó los cachados  objetos de yeso con los que   armábamos  las naturalezas muertas: unas frutas, una botella, un jarrón, un trapo colgando. 
Y dijo: “No dibujen  ningún objeto. Concéntrense en el espacio que hay  entre ellos, dibujen el vacío, la nada que los separa  y verán como  se manifiestan”.
Así, aplastante, se manifestaba papá,   con su cajón de servilletas  robadas a los restaurantes,cada una bordada con un nombre distinto, un recorrido por bodegones  y viejos  clubes de Buenos Aires, un verdadero mapa gastronómico  ; así , insolente, se mostraba en las cajitas con tarjetas personales donde  bajo su nombre  figuraban infinidad de oficios  que , obviamente , nunca fue:  asesor de seguros,  asesor de suelos , técnico en cultivos de soja , agrimensor ,  agente inmobiliario, viajante.
Tuve un recuerdo fugaz  de  mis siete u ocho años, llenando  una planilla que me habían dado en la escuela: Datos personales de los señores padres y/o tutores. Nombre y apellido. Nacionalidad. Profesión.
¿Profesión?
-Viajante, dijo mamá
-¿Y que hace un viajante?
-Viaja
Claro, viaja, se fuga, no está porque  esta yéndose todo el tiempo .Papá estaba yéndose de él mismo. Papá se fue  más que nunca, se mandó la gran fuga  y, sin embargo,  su vacío  se corporizaba en cada  rincón del asfixiante departamento.
Me vi a mí misma, paralizada en el medio de la habitación, con la cuadrilla alrededor  trabajando a todo motor. El hijo de once años a cargo de la tecnología, los chicos son los que más entienden  de aparatos. Mi amiga, despanzurrando carpetas y cajones en búsqueda de alguna documentación importante.
Las maricas probándose ropa  y pidiéndome  con cara de perro  vagabundo permiso para llevarse los sombreros. Emprendimos el regreso, como a las dos horas,  con la camioneta  cargada de trastos viejos. Mis amigos  estaban contentos, satisfechos, como si hubieran ido de shopping al Ejército de Salvación. Yo sólo traía  una foto  y un deseo irrefrenable de bañarme , de frotarme el cuerpo , de sacarme toda la ropa  y lavarla , quemarla de ser posible , y que nada , nada de mí, se impregnara  con ese olor . Una foto y un olor,  fue lo único que pude traer. No encontré un libro  marcado que me invitara a  leer lo último que él había leído  , ni un CD en el equipo de música  para saber cual  había sido última canción que tal vez tarareó , nada de todo lo que puede hacer distintivo a un ser , nada de eso estaba presente, y en esa  abrumadora ausencia de signos  se revelaba mi padre como un gigante vacío , una cáscara que estaría  durmiendo ya   en la morgue de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.

Pensé en terminar la historia acá y hasta dejar la frase de la morgue como remate final, pero sería muy egoísta de mi parte  guardarme  los acontecimientos que sucedieron después.

El edificio donde vivía papá era  pequeño, de cuatro  pisos, de dos departamentos por piso, sin portería, cuidado por los propietarios o inquilinos, así que tras la ardua tarea  de desplume de todas las carpetas , cajas y cajones , mi amiga  asumiendo  su rol de detective, encontró  unas expensas , impagas , por supuesto,  donde  estaba el nombre del  administrador.
Pasado el larguísimo feriado de festejos patrios del Bicentenario que había empezado el viernes 21 y terminaría el martes 25 ,  ella  lo contactaría para ubicar al  propietario del departamento  y  hacer  la entrega de las llaves del mismo. Fue un favor que agradecí, dada la distancia  y el estado en el que yo  me encontraba .Pero como bien dije antes, la vida no conoce de procedimientos, de secuencias lineales, nunca son las cosas como deberían ser.
Recibí el llamado de  mi amiga casi una semana después.
-El departamento  no estaba alquilado por tu padre. El que lo alquila es un tal Walter Pérez que es viajante  y precisamente  ahora está fuera de la ciudad.
En ese momento no supe qué sería peor,  si tener que desestimar la frágil construcción de la identidad de mi padre que había hecho con los retazos encontrados , o pedirle a las mariquitas que devuelvan todo porque   por error nos habíamos metido en  el departamento de otro. Pero yo tenía la foto, la foto de papá, y todavía el olor, ese olor  dentro  de mi cabeza. No tardamos mucho  en descubrir  que el bulo de Walter  Pérez era el refugio de mi viejo, a cambio de algunos mandados que le hacía durante su ausencia. Walter Pérez nunca reclamó nada de lo que había allí, ni tampoco preguntó por mi padre.
El niño de once años  conservó el teléfono celular  a la espera de un llamado  que nunca hubo.
Ni siquiera aquel amigo. Aquel que escribiera la dedicatoria en la foto, la única foto que tengo de mi padre, el único testimonio de que tal vez alguien,   alguna vez,  sí lo pudo conocer.
La dedicatoria dice:
“Al amigo busca, embrollón y dudoso” El Negro Mamarracho Casas.


                                                                                                           A papá con cariño. Roxana 

jueves, 18 de mayo de 2017

Arte bien al Sur

El Capitán del  Sea Gold


El Capitán del  Sea Gold tiene todo lo que uno cree que un Capitán tiene que tener: el pelo colorado, un gran bigote, los ojos celestes y un gorro de lana que le cubre las orejas. Cuenta  historias  y sospecho que eso le gusta más  que navegar.

Nosotros nos sentimos aventureros llegando al punto más austral  del país , pero él, por supuesto, nos vence.  Cuenta que la semana anterior estuvo en la Antártida  para la 1º bienal de arte.

Vio al ruso Andrey Kuzkin que se “plantó” en bolas en el medio de la nieve, cabeza abajo,  representando un árbol (que jamás crecerá en esas tierras). El Capitán se pregunta y nos pregunta si eso es arte, aunque confiesa, con las manos bajo las axilas para mantenerlas calientes,  que terminó asombrado por la proeza del ruso. También estaba el chino  Zhang Enli , que bajó al continente blanco  con un enorme huevo de resina, lo apoyó sobre el hielo y esperó.  Nuestro capitán se animó a preguntarle  el sentido de la  obra    que  los pingüinos picoteaban. :- “representa la vida”, le contestó el chino. 
Lo que cuenta el Capitán me hizo acordar algo que leí una vez “El arte es, como todo concepto, agónico”, el espectro de algo  que ya se nos escapó.


                                                                                                                    Roxana D'Auro

domingo, 7 de mayo de 2017

Apuntes bien al Sur

Conejos y Castores

En el museo del fin del mundo  hay un sector con  viejos herbolarios. También hay unos paneles que muestran  las primeras ilustraciones científicas que fueron hechas sobre  la fauna de la zona. Los animales se ven bastante fantásticos. Demasiado. Fueron mirados, sin duda, con extrañamiento   .
Las islas (y Tierra del Fuego es una isla) tienen esa particularidad: una  flora y fauna “rara” que no se encuentra en el continente. Los primeros que llegaron al fin del mundo, esos exploradores  que se animaron hasta   los lejanos mares del sur, habrán tenido, sospecho, una necesidad imperiosa de aferrarse a algo, le quisieron  ganar una partida a esa naturaleza   de noches eternas, de cielos con estrellas nuevas, de aves aladas que  no vuelan y se empecinan en caminar como las personas, hasta habrán  sentido una especie de melancolía por la vida salvaje  que conocían. Y empezaron con los conejos. Dos parejas  que se transformaron en treinta millones. Después vinieron los castores.
“Beaver” se dice en inglés .Jamás lo voy a olvidar. En una de mis primeras clases en una escuela primaria un chico me preguntó: ¿cómo se dice castor en inglés? Yo por aquel entonces no lo sabía o no lo recordaba, soy de Buenos Aires, de la llanura, se como se dice vaca, caballo o gallina, ¿qué interés podía tener   un chico de nueve años  en  castores?
¿Cómo NO SABES? dijo bien fuerte  ¿No sos profe acaso? sentenció,  dictándome la pena de muerte ante todos sus compañeros.
Volví a  casa y busqué en el diccionario cómo se decía: “Beaver “.
Desde ese día le tomé bronca a los castores. 
Veinticinco parejas de castores  llevaron a Tierra del Fuego  para un proyecto peletero que jamás prosperó. Los dejaron en libertad y  se transformaron en 150.000.

Donde hinca el diente el castor todo muere. Se pueden ver los diques  conteniendo  el agua rodeados de árboles secos. Esa imagen le da a los paisajes algo fantasmal. Se le suma  el silencio. No trinan jilgueros o benteveos en los  bosques fueguinos. En ese silencio exige respeto esta Tierra. Un respeto que le perdieron desde que se apagaron aquellos fueguitos que le dieron nombre. 

Roxana D'Auro

jueves, 6 de abril de 2017

Un par de días entre Bragado y Mechita


La ciudad te recibe   con su  monumento  a un caballo suicida  y tal vez  sea esa imagen y todo el mito que la rodea  la que sienta un precedente macabro que   impregna luego  cada historia  desde que ponemos el pie  en Bragado.
No es una escultura ecuestre con  algún jinete célebre la que está  en la entrada. Es un caballo solo, pintado de color brillante, como esos que están en las puertas de las casas de regionales  Dice la gente del lugar  que existió alguna vez  en estas tierras un potro  de pelaje rojizo con una braga blanca  que le cruzaba el vientre.  Indómito, un día acorralado por un grupo de gauchos  (o de soldados, según la versión) llegó hasta el borde de la barranca  y dese ahí se arrojó a las toscas playas de la laguna  para no ser atrapado. Los relatos también ponen en boca de esos hombres poéticas palabras que elogian al bagual que prefirió la muerte antes que perder su libertad. Se dice  también que es muy alto el índice de suicidios en Bragado ¿Serán los suicidas bragadenses buscadores de su libertad? ¿No se puede ser libre estando vivo? ¿Excluyentemente lo indómito desemboca  en la muerte?   
Y recién estábamos llegando.

La primera noche, durante la cena, irrumpió  en el silencio la sirena de los bomberos. Nuestra anfitriona tiene el cuartel de bomberos  en el fondo de su casa. Escandalosa, larga, eterna, la sirena enloquecía  a los perros. Nosotros, muy citadinos, imaginamos una catástrofe, un incendio, algo descomunal, pero los dueños de casa sospechaban  otro gato más en un árbol. Los bomberos del lugar   desfilan en los festejos con  pasito militar   y fueron furor en las redes  por  bailar  una cumbia con coreografías   . También  se prestaron a hacer  una exhibición (debidamente filmada)   frente a la Municipalidad con  la escalera mecánica que les trajeron de Holanda. Sospechamos nosotros, los recién llegados,   que muchas veces harán  sonar la sirena para despabilarse de sus vidas pueblerinas,  calzarse guantes, cascos, botas de amianto, máscaras   y recorrer  las calles desoladas.  Imagino, entonces, que los bomberos salen por las noches en una misión secreta, directo a la barranca, para evitar que los caballos sigan suicidándose.
Al día siguiente fuimos a Mechita, una localidad cercana, a 8 Kms nomás  .Mechita surgió con la construcción de unos talleres ferroviarios allá por el 1900 y así quedó, allá en el tiempo. Hoy vivirán 1800 personas  y la muerte de la gloria ferroviaria se  pasea  por  la vieja estación, las casas  de  estilo ingles,   conservadas intactas, los vagones viejos oxidándose a la intemperie. Por esas cosas de los pueblos pequeños  nuestra anfitriona llama  por  teléfono  a la encargada d el museo de artes visuales de Mechita y lo abre  especialmente para nosotros. El museo nos sorprende, es hermoso,  con una colección propia  donada por cada uno de los artistas invitados  a trabajar  en torno al lugar y en el lugar.  En el patio de entrada una escultura totémica hecha con viejos amortiguadores de locomotora parece la cola de una ballena saliendo del cemento  y Cristina, nuestra improvisada guía  o ama de llaves,  nos cuenta la historia del empleado que ayudó   al escultor  Hernán Dompé  en la búsqueda de material entre los rezagos ferroviarios. Cuando la obra estuvo  terminada el empleado  le dijo al arista: ”Quedó linda la porquería”  y pasó a la posteridad pueblerina con esa frase célebre .
Porquería es un objeto de poco valor y sin utilidad. Tal vez ese  Frankenstein hecho  con retazos del pasado sea realmente eso y la famosa frase del mechitense esté cargada de un significado más profundo, una especie de cuestionamiento sobre el arte mismo.

Hay  otra historia en Mechita. Sus protagonistas fueron un perro y un auto. La cuenta Cristina  cuando llegamos a un sector del museo con obras que se agrupan bajo el lema: “Una noche en el cementerio de Mechita”.  Siete trabajos  de varios artistas realizados  dentro del cementerio,  de noche, ahí está la gracia.  Iluminados sólo por la luz de la luna pintaron, dibujaron y leyeron poemas relacionados a la muerte  .Todo esto cuenta Cristina cuando pregunto  por  una serie de dibujos  que me llaman la atención: “La muerte de un jinete insomne”,   de Marcelo Bordese. Los  dibujos son dinámicos, tienen cierta velocidad y una presencia animal, feroz. Cristina cuenta con naturalidad  que las carreras entre galgos y automóviles siempre  se hicieron en Mechita. Me cuesta creerlo y más aún cuando la historia  tiene que ver con una carrera organizada  para festejar el día de la bandera ,   un desafío acorde a la celebración ,  todo el pueblo presente, la competencia entre el animal y la máquina , las apuestas a ver quien llegaba primero . Lo puede buscar en los diarios, dice, somos tristemente célebres. Acá  gustan esas cosas, había mucha gente mirando la carrera, sigue contando,  y terminó mal. El galgo se desvió, el auto chocó contra un árbol y  diez chicos  murieron.  
Afuera llueve torrencialmente.
Cristina, encantadora, nos saca cuatro fotos, todas movidas,  antes de irnos.


Dejamos Bragado dando una vuelta al perro, bien como se hace en los pueblos.
Pasamos por el teatro Florencio Constantino.  Mi amiga  y anfitriona, María Cristina Alonso escribió una novela  sobre la vida de este tenor  vasco que levantó un teatro lírico en el medio de la pampa. El edificio se reinauguró  en el 2012. Ahora tiene la sala principal remodelada y  cuenta además con otros espacios: una plaza seca, donde hay un paseo de  esculturas. Ahí está  “El niño lector”, que en realidad es un niño escribiente.  
La que leía era la niña,   cuenta mi amiga, pero  ésa  desapareció.

Cuando dejamos atrás las calles de Bragado veo los bancos de cemento  en los frentes de las  las casas. En los dos días que estuve no vi a nadie sentado  en esos bancos. Tal vez los bragadenses los tengan para sus fantasmas, para que la niña lectora se siente a leer por las noches.

                                                                                                                               
 Roxana D’Auro 

Obras: Diesel Mechita /Patricio Larrambebere - Puertas de máquinas ferroviarias intervenidas
           Noche en Mechita/Juan Doffo - Acrílico sobre tela

lunes, 6 de marzo de 2017

Cuando Casi me muero en Bolivia

Inspirada en Hebe Uhart  y una conferencia extraordinaria donde ella habla de la crónica desafortunada , decidí demonizar de una buena vez el último viaje que hice con este ensayo de crónica 

Cuando Casi me muero en Bolivia
“De casi nadie se muere”
recuperación de refranes de Hebe Uhart


Viaje tres veces a Bolivia  y nunca pude visitar el Salar de Uyuni. “Es mi asignatura pendiente”, solía decir.
El primer viaje en realidad no fue a Bolivia sino al Noroeste Argentino: Tucumán, Catamarca, Salta y  Jujuy. Un devenir que bien podría haber terminado en el territorio boliviano como una ruta  que prácticamente parece trazarse sola para la mayoría de los que se aventuran  en esa dirección. Pero los acompañantes ocasionales de aquella travesía , una pareja de madrileños conocidos en el camino  que tomaban las curvas de los caminos del altiplano como bólidos  con el auto alquilado  y un compañero de yoga que se quedara  por más de media hora dentro del baño de un cementerio de alta montaña , desestimaron mis deseos de seguir el viaje .

Mi segunda oportunidad  fue cuando , para los carnavales , fui hasta Oruro , a sus diabladas maravillosas , a sus desfiles de corrido durante cuatro  días , sin descanso  hasta  el baile final donde todos terminan extenuados y borrachos como en una gran Creamfield boliviana , rompiendo las máscaras en la explanada de la Iglesia de la Virgen del Socavón . En aquella oportunidad los trenes no funcionaban, las lluvias torrenciales habían desmoronado los puentes, los servicios estaban colapsados y Uyuni me seguía haciendo pito catalán.

La tercera , que no fue la vencida,   arrancó por un viaje a Lima en micro, si en micro , tres días , un Machu Picchu bajo la lluvia torrencial  y un regreso bajando hacia Bolivia por el Lago Titicaca con sus islas Amantani  y la de los Uros , sumando pueblecitos y ruinas arqueológicas en el camino que me dejaron con los ojos llenos y los bolsillos vacios  y un menú  consistente  en un paquete de cerealitas y un termo lleno de agua de la canilla  para la vuelta . No hubo resto tampoco para Uyuni.

Así que ya pasado el tiempo  organicé  un viaje exclusivamente al Salar, único destino, sin derivaciones, ni distracciones, una travesía de cinco días internada en el lugar.  Ya estamos más grandes, ya tenemos experiencia, ya no somos hippies, nada de micro ni cerealitas. Googleando con tiempo elegí la mejor agencia , el tour más completo , la gente más idónea y recomendada , viajamos en avión , todo solucionado , sin preocuparme  por los  traslados, todo incluido , tickets de tren en clase ejecutiva, comidas  , guía y visitas a las lagunas , esas extraordinarias que siempre vi en fotos : la colorada , la hedionda y la frutilla del postre, los geiseres . Siempre quise conocer geiseres, no sé por qué, tal vez había visto muchas veces  de niña  los dibujitos del Oso Yogui cuando  con Bubu atravesaban el Parque Yellowstone  esquivando los geiseres, no sé  por qué los geiseres eran la meca, con sus piletones de barro termal. Llevamos la malla, la más vieja, la que no importa si se arruina, llevamos la coca (sabía yo lo que era  la altura por mis viajes anteriores), llevamos caramelitos de limón y Dramamine por las dudas. Estábamos preparados.

Cuando llegamos a La Quiaca  fue cuando empecé a sentir que mi cerebro había crecido, no es que tuviera mayor capacidad, más inteligencia o podía resolver problemas matemáticos para los cuales siempre fui un queso, no, sentía que había crecido de tamaño, que latía dentro de mi cráneo como te laten los pies cuando un zapato te aprieta,  pero no me podía sacar la cabeza  como hubiese querido.

El viaje en tren a Uyuni  es un viaje pintoresco  no tanto por el paisaje externo sino por el interno. Su guarda, controlador de tickets, de ventanas abiertas, de limpieza del piso y  de horarios del comedor tenía además una tarea que deduzco era su  función más importante, porque la  desarrollaba con empeño y responsabilidad, era el encargado del entretenimiento de los pasajeros , esa férrea convicción de que cualquier viaje se hace más ameno con música .Definitivamente Bolivia no es sinónimo de rock y fuimos sometidos a una  sobredosis de Manolo Galván  y Pimpinela que , yo estoy convencida, agravó mi estado .
Suelo tener problemas para dormir, hace unos años, la edad seguro y los desórdenes del sueño que están asociados a la menopausia, además de la costumbre por más de veinticinco años de dormir sola y ahora estar en pareja y tener que dormir con un cuerpo al lado que además de ocupar la mitad de la cama,… ¡respira! Decía entonces que suelo tener problemas para dormir,  pero en Bolivia, y a medida que íbamos llegando a destino,  me dormía en el tren, en el jeep, y ni hablar en el recorrido que mi cabeza hacia  hasta la almohada cada vez que me sentaba en una cama. Bolivia me envolvía  como una hiedra silenciosa y yo me iba hundiendo.

El primer día de recorrido  de la travesía fue en el salar mismo.  El salar de Uyuni es el mayor desierto de sal continuo y alto del mundo, con una superficie de 10 582 km²  y casi 4000 metros de altura sobre el nivel del mar. Los guías baqueanos saben muy bien de los fenómenos que se producen en el lugar, de los reflejos  sobre la superficie que hacen que parezca   un espejo, de las formaciones salinas con  una geometría perfecta y sorprendente ,  o de su vasta planicie sin límite que crea un efecto óptico donde parece que el otro te está sosteniendo en la palma de su mano o un dinosaurio juguete de plástico  te está devorando .También visitamos  la Isla Incahuasi  , una formación rocosa  plagada de cactus que te permite desde su punto más alto ( lo más alto de lo alto) observar el inacabable mar de sal a tu alrededor . Las comidas son frugales, pero mi apetito lo era aún más, había perdido por completo el deseo de comer  y lentamente  iba perdiendo con cada paso otros deseos, era como si la sal, lamiéndome los pies,  se me fuera metiendo en el cuerpo y me secara  las ganas por dentro. Viajábamos con unos españoles encantadores y divertidos  que se deben haber llevado una impresión de mi persona  bastante lejana  de lo que soy en realidad.  Ellos en el viaje conocieron a una argentina callada y somnolienta que se movía con dificultad y ni siquiera una copa de vino por las noches quería compartir.

El segundo día fue fatal, hicimos un recorrido largo y tedioso que intuyo califico de esta manera porque  el sopor en mi cabeza me obligaba a dormitar dentro del jeep y despertar sólo en las paradas estratégicas de lagunas  que hasta habían dejado de interesarme. No tengo fotos tomadas por mi de estos lugares , luego de unos meses vi las que tomó mi pareja y encontré en ellas una mujer  con una torsión en el cuerpo que le da una postura  extraña, un rostro hinchado de un color blancuzco y una sonrisa forzada bajo el ala de un sombrero . Esa mujer tiene mi sombrero, y mis calzas y mi remera. Me desconozco,  pero esa mujer soy yo.
Terminamos  el segundo día de recorrido  por la laguna verde, la laguna colorada y la laguna hedionda, todas ellas con características que les dan sus nombres o por las algas que la tiñen de un rojo sangre  o por la cantidad de azufre que contiene que se siente un olor a huevo podrido en el aire apenas te acercás. Llegando al albergue, hablo con el guía-conductor y le digo que en vez de mejorar cada día que pasa me siento peor, que si no hay posibilidades de ir a un centro médico. En el medio del salar más grande del mundo, pido eso yo. Obviamente no había y la propuesta  fue ir a descansar  ya que al día siguiente haríamos   la parte más linda del recorrido, muy temprano por la mañana con  las fumarolas, los geiseres como los del Oso Yogui  y los baños termales.
Me fui a acostar.

Dormí

Y no desperté.

Perder el control, perder el total control  de todo lo que te rodea, de vos mismo. No poder hacer el esfuerzo para abrir los ojos , levantar los párpados que se transformaron en la parte más pesada de tu cuerpo,  no poder  ver lo que sucede alrededor ni siquiera mover  la  lengua , que se hunde dentro de tu boca como una bolsa con arena mojada, no poder cazar tu nombre de entre las miles de palabras que flotan en tu cabeza y decir quien sos , no poder mover los brazos, las piernas  y transformarte en   una muñeca  desvencijada  a la que visten y alzan .

Estar sin estar.

No poder ver los dichosos geiseres , ni las fumarolas , ni el salar  atrás del jeep alejándose  como la estela  que deja un barco, no poder ver por última vez ese paisaje, decirle adiós , adiós a Bolivia , adiós al viaje soñado , a lo deseado .
El tiempo es relativo. Una película buena se nos pasa volando, una clase de físico química es una eternidad. No sé bien, no puedo medirlo de ninguna manera, cuánto tiempo estuve inconsciente. Recuerdo que cuando cerré los ojos las paredes que me rodeaban  estaban hechas con ladrillos de sal, el techo era de paja y por la ventana  la noche lo ocupaba todo,  tanto que  parecía que flotábamos en el espacio.

Recuerdo que cuando  abrí los ojos me encontré con otro paisaje, ese territorio donde me gusta perderme y aquel día me encontré  de nuevo, su mirada .  

                                                                                                                         Roxana D’Auro

viernes, 16 de diciembre de 2016

Coherencia poética

Entre las competencias básicas que se evalúan en un examen  de inglés hay una relacionada a la coherencia textual. Los estudiantes trabajan un tipo de ejercicio conocido como “Matching”. Básicamente  tienen que unir dos mitades  de oraciones  o un verbo con el sustantivo más apropiado  Ejemplo: cantar ( sing) se uniría con : una canción ( a song) .
Las perlas en estado bruto halladas como resultado de estos ejercicios  me hacen pensar en una coherencia poética escondida en estos chicos, algo que desperdiciamos en pos de la lógica, una deconstrucción generadora de imágenes mucho  más ricas que las propuestas por nosotros, los adultos . ¿Acaso nadar una carta no sería algo fantástico? Zambullirse en las letras, salpicarse con la tinta, hacer la plancha en los adioses. ¿O escribir un kilómetro no es lo que cualquiera de nosotros con afanes narrativos desearíamos hacer? Escribir, escribir y escribir hasta gastar biromes, hacer metros y metros de cuentos, de poesías.
Los chicos también me proponen correr una canción y cantar 50 metros y a pesar del solazo , salgo de la escuela , voy para el parque  y experimento  en carne propia su coherencia poética.


Roxana D’Auro 
(texto que forma parte de un cuerpo de textos llamado Crónicas Escolares)