sábado, 14 de mayo de 2016

Meritocracia
La mano de M.
es una mano joven
tiene cayos, ampollas, sabañones
cicatrices que deja el trabajo temprano
en su apenas una docena de años
La mano de M. recorre con dedos toscos
El planisferio de lado a lado
Señala segura su patria
Deambula dudosa por Asia
¿Dónde termina Europa?
¿Es tan grande Africa?
La mano corta, pega, indaga
Escribe con dificultad palabras raras
Es una mano experta en tierra
Es una mano llena de ganas .
Roxana D’Auro

jueves, 24 de marzo de 2016

Hoy más que nunca. Memoria

La primera vez que supe de la dictadura 


La primera vez que supe de la dictadura  fue caminando  de la mano con mi mamá por el barrio de Once. Son raros los recuerdos de la niñez, se nutren de una extraña mirada. Recuerdo piernas, pies, zapatos de todos los colores, recuerdo baldosas grises. Paramos en una esquina esperando a cruzar cuando el semáforo lo indicara. Recuerdo un mar de piernas  venir hacia mí al encenderse la luz verde. Olas de piernas  y yo, nadando entre ellas a los empujones. El verano anterior había aprendido a nadar  en un natatorio público del Parque Chacabuco. Y en la esquina ,  durante la espera,   extendía los brazos rígidos , hacia adelante , a la altura de mis hombros , como me había enseñado el profesor, ponía la cabeza entremedio  mirando para abajo , apretaba los ojos bien fuerte  y tomaba aire  inflándome los cachetes  como globos .Mientras bajaba el brazo derecho rozándome el costado del cuerpo,  iba girando la cabeza hacia ese lado , cuando el brazo comenzaba a elevarse  hacia atrás   giraba con lentitud y gracia   la  mano poniéndola en forma de cucharita , cuando el brazo  bajaba nuevamente hacia adelante volviendo a su posición original ,  rotaba  la cabeza  a  la izquierda.  Me transformaba  así en una especie de molino humano  preparado para  dar contra  la ola de piernas. Cuando el semáforo de Av. Corrientes y Pueyrredón  abría la gran compuerta ,  arrojaba  sobre mí el  hedor  de pantalones usados  durante toda la semana laboral, las carnes cansadas  que se movían automáticas, los  roces,   los  sudores . Lo que yo sentía  un mar negro a cruzar y una eternidad, seguramente era  un fugaz instante  en el cual mi madre con el único afán  de llegar a la otra vereda, me  levantaba    en vilo de la mano  como si me rescatara  de una zona pantanosa, sacándome a la superficie. Así llegábamos  al Mercado de Abasto, al viejo mercado, el de frutas y verduras   que con su  humedad me refrescaba el rostro  cubierto  por  el hollín ciudadano. Aquella era una época donde  todos chupábamos  el humo alegremente  sin conciencia ecológica, la época  donde las chimeneas de los edificios  humeaban por la basura que quemaban en sus incineradores y los caños de escape de los autos  escupían fumarolas negras que te hacían picar los ojos. Una bella postal brumosa y congestiva, mi Buenos Aires querido de aquellos tiempos. Aquel  día, mientras recorríamos los pasillos de cemento del mercado, empezamos  a  escuchar los gritos, las corridas, los tiros, los cascos de los caballos. Afuera el mar, el mar de piernas  se había enloquecido más que nunca, iban en todas las direcciones  mezcladas  con las fuertes patas de los caballos. Mamá no corría, se arrinconó  en un costado, contra una pared, conmigo. Los puesteros del mercado  cerraron la reja  y la gente de afuera  forzaba por entrar, metían las manos, se trepaban, hasta que una nube espesa  avanzó  desde la calle,  filtrándose. Todos empezaron a toser y  un carnicero  de delantal blanco  manchado con sangre  le gritó a mi madre  que seguía paralizada en el rincón: -Son gases lacrimógenos, tape a la nena, y yo  me preguntaba: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Con qué? , y de pronto ese mundo gris  y duro que olía asqueroso  pasó a ser mullido y suave, tibio,  dulzón. Oscuro, tan oscuro. Las manos de mi madre me agarraron la cabeza, me taparon los oídos con  sus amplias palmas  y con suavidad  me empujó  hacia su vientre  como si quisiera que volviera ahí adentro , que no viera , que no oyera  los gritos , las sirenas , los cascos de los caballos ,  que no oliera  la bosta mezclada con sangre sobre el asfalto . No se cuánto tiempo pasó, cuánto tiempo estuvimos paradas ahí, con los dedos de los pies entumecidos, los brazos  piel de gallina. Se hizo de noche, el tiempo se detuvo. Cuando el carnicero y los demás puesteros lo creyeron prudente, abrieron la reja, salieron a la vereda  y dijeron: -Se fueron. Regresamos a casa  caminando rápido , no había colectivos , ni taxis , mamá me llevaba volando de la mano y todo el hambre y el cansancio y las ganas de ir al baño que habían quedado suspendidas , vinieron todas juntas  haciéndome eterna e insoportable  la caminata,  por una avenida desierta  en la que parecíamos  tan chiquitas las dos , mirando  cada tanto , hacia atrás  , con el temor de que volvieran  los que se habían ido .                                                          Roxana D’Auro     
Cuento publicado en la revista Trinchera /oct. 2014 ( 1er premio del concurso literario de relatos de nuestro pueblo Gabriel García Marquez)                                                            

jueves, 17 de marzo de 2016

Espacios mínimos



Espacios mínimos

El terreno es liso pero, cerca del alero de la casa, hay un hueco.
No es un pozo.
Ni una depresión del terreno.
Es un hueco.
Tierra hundida de pastos apelmazados.
Los pastos están amarillos, raleados, dejan ver la tierra descolorida.
Ella viene con un trotecito leve y se sacude en un temblor desde las orejas hasta el rabo.
Da dos vueltas sobre sí misma y se recuesta en la tierra que tiene la forma de su cuerpo, justo  cuando el hueco se llena de sol.


                                                                                                                          Roxana D’Auro
(Ilustración Ramón Paris para el libro Un perro en casa de Daniel Nesquens )

jueves, 11 de febrero de 2016

Zapping poético visual . Producción en el Volcán Azul de Juan Rux

Why are we so sad?

Venus nace en la Main Avenue
mientras los niños alimentan
los patos del Central Park
y en cada esquina
se vende un kit para asesinar.

Un pequeño hombre azul
baja de la Montaña del Oso
cuando  los monjes escriben
la última palabra de su alfabestiario.

El espacio exterior es un lugar solitario
El espacio interior es un lugar solitario


                                                                                      Roxana D’Auro 

jueves, 4 de febrero de 2016

Poema apurado por balas de gomas

A los murgueros


Somos los patasucias
Salimos a bailar las calles que todos los días caminamos
Saltamos  los adoquines  calientes
Saltamos  el asfalto  que hierve
Nos quema   los pies descalzos
Y para sacar la bronca afuera
pateamos  el aire,   trompeamos el cielo.

La ciudad nos fuma en la cara
Y  le  hinchamos el pecho 
para cantar a gritos 
a puro cuello
a  garganta roja
Un grito trueno que rompa vidrios , golpee puertas y abra las casas.

Somos los invisibles
Los negados indecentes que dos noches enteras
                       juegan a ser señores de levita y galera
Estandarte y bombo
                       Igual que siempre
Las tripas huecas
                        Para bailar ligero
La sonrisa pájaro.

Somos los murgueros
Los del paso tambaleante
que te cantan las cuarenta  y sacuden la alegría reprimida
Somos los oscuros con luz propia
 los tullidos los feos los villeros
los cuerpos que te copan la avenida
que te afean el paseo
los pibes de los que no hablan los noticieros
Somos un ejército de saltimbanquis
nosotros con gomeras  ustedes con armas de fuego
Tengan cuidado que Momo
anda corriendo de noche  con una antorcha en la mano
no le gusta al soberano
que “ Los Auténticos Reyes del Ritmo”….….. no anden bailando .

                                                                                                  Roxana D’Auro

sábado, 30 de enero de 2016

En los ’90 tuve conejos


Una vez mentí con conejos
Que eran blancos
Esponjosos
Mulliditos
Y tenían hambre
Hambre de conejos, de pobres animalitos
que es hambre
NO es vergüenza

Una vez mentí
que vivían en mi casa los conejos
sin problemas ni desvelos
porque ven el  mundo  rosa con su   púrpura mirada
La gente  buena me regalaba
zanahorias, lechugas , manzanas
porque son vegetarianos mis conejos
están acostumbrados
no se quejan
ni lloran
ni gritan proclamas
se duermen temprano  y van al cole caminando agarrados de la mano

Una vez engañe a los conejos
Les preparé un banquete
de sobras y  frutas rancias
Igual me dijeron gracias mamá
me dieron un beso

Y se fueron a dormir  hasta mañana                                                 Roxana D’Auro                                               

miércoles, 20 de enero de 2016

El Héroe

Un cuentito de allá lejos....premiado en 2009 por la Asociación Argentina Tango al Mundo - Foro de la Memoria de Pompeya Pedro Joulie

 Dicen que once y media de la noche, más o menos, cerraba  el local. Avenida Jujuy, ahí, al toque de Plaza Miserere se ponía pesada a esa hora, pero más que correr a alguno que cabeceaba sentado  en la puerta del negocio,  no pasaba. Lo demás era bajar la cortina, poner el candado,  montar el pingo de acero. Se clavaba hasta debajo de las orejas  el gorro de lana negro y los guantes, negros también. Subía a tope el cierre de la campera y  por encima del cuello, enrollaba la larga bufanda que, como serpiente de lana, le cubría boca y nuca y  lo protegía del húmedo frío porteño. Así,  atravesaba la noche invernal,  silbando unos tangos. Parecía una versión urbana  del enmascarado zorro, cabalgando en un  alazán de rayos y caños despintados.
Media hora y  llegaba destino. Iba directo al baño.
Iniciaba la ceremonia.
Doblado con un cuidado extremo, imitando una maravillosa pieza de origami, sacaba de su mochila el traje gris  oscuro y la camisa negra. En el ritual mutaba y caían al suelo el buzo y los jeans, y también se despojaba de  la rutina, la vulgaridad.
Desde afuera ya sonaba Di Sarli y se escuchaba el murmullo de la gente que empezaba a poblar la noche.  Metido en el traje de milonguero, su actitud corporal cambiaba,  más erguido,  muchos juraban que hasta crecía. La expresión de cansancio abandonaba su rostro y, a medida que se peinaba con  gel frente al espejo, el brillo de sus ojos se encendía, la sonrisa ganadora brotaba, y unos hoyuelos que habían estado agazapados durante el  día, surgían a los costados de sus labios. Faltaba aún  la pieza maestra.
De una bolsa de tela, con solemnidad, sacaba su tesoro.
Zapatos de tango. Lustrados. Negros brillantes. Tan brillantes y  mágicos como los rojos que usaba Judy Garland en el Mago de Oz. Y, tal cual lo hacía Dorothy,  chocaba los talones,  no para volver a su casa sano y salvo, sino para salir a la pista, con la chispa en los pies.
El salón brillaba bajo las luces de las arañas. En las mesas se apelotonaban  decenas de mujeres que esperaban  con las  sandalias puestas, los labios rojos y las ilusiones a flor de piel.
El hacía una barrida con la mirada, y  reconocía al instante cuál de todas había estado “planchando” desde que llegó. Ubicado estratégicamente, la cabeceaba y al incorporarse y dejar la silla-prisión, la mujer  se  estremecía y hasta las lentejuelas de la blusa, adormiladas, se sacudían.
Cuando arrancaba otra tanda al ritmo de  Tanturi, desde su parada recorría con  mirada experta las manos, los dedos,  descubriendo esa marca  que deja  la ausencia del anillo  que antes lo adornaba y rescataba  del hastío y la soledad a más de una. Las manos desnudas, se transformaban en abrazo, en caricia.
Con Pugliese esperaba al costado de la barra, cerca del toilette de señoritas  la oportunidad de chocarse con las de anteojos cuando salían, cabezas gachas  ,   para guiarlas hasta   la pista, que pocas veces pisaban porque otras, con ojos más audaces y entrenados, les robaban los candidatos.
Y cuando llegaban  las milongas de Castillo, en sus brazos,   rejuvenecían las de más de cincuenta cerrando los ojos para revivir en el ritmo frenético  los carnavales  de su juventud en el club del barrio.
También se encargaba de rescatar de las garras de algún villano entrenado en pisar y empujar, a las más bonitas y delicadas, que cuidaba en la pista, conocedor de su fragilidad.
Pero había un tango, el último tango  de la milonga, que desvanecía todos sus poderes. Cuando sonaban los acordes de La Cumparsita, en el último aliento de la milonga, enfilaba con disimulo  hacia el baño a cambiar nuevamente su identidad guardando  la  magia,  prolija, en la mochila. Cantando bajito se iba, para que nadie se diera cuenta de su aparición sobrenatural por esos pagos.

Me contaron esta historia unos viejos milongueros que viven acodados en la mesa del rincón de La Ideal.  Ellos aseguran  haberlo visto  atravesando  de madrugada   los barrios  en bicicleta, cuando el bandoneón calla y los tamangos  duermen,  pero todos sabemos bien  que Buenos Aires es una ciudad que sienta bien a los fabuladores. 
Roxana D'Auro