jueves, 11 de febrero de 2016

Zapping poético visual . Producción en el Volcán Azul de Juan Rux

Why are we so sad?

Venus nace en la Main Avenue
mientras los niños alimentan
los patos del Central Park
y en cada esquina
se vende un kit para asesinar.

Un pequeño hombre azul
baja de la Montaña del Oso
cuando  los monjes escriben
la última palabra de su alfabestiario.

El espacio exterior es un lugar solitario
El espacio interior es un lugar solitario


                                                                                      Roxana D’Auro 

jueves, 4 de febrero de 2016

Poema apurado por balas de gomas

A los murgueros


Somos los patasucias
Salimos a bailar las calles que todos los días caminamos
Saltamos  los adoquines  calientes
Saltamos  el asfalto  que hierve
Nos quema   los pies descalzos
Y para sacar la bronca afuera
pateamos  el aire,   trompeamos el cielo.

La ciudad nos fuma en la cara
Y  le  hinchamos el pecho 
para cantar a gritos 
a puro cuello
a  garganta roja
Un grito trueno que rompa vidrios , golpee puertas y abra las casas.

Somos los invisibles
Los negados indecentes que dos noches enteras
                       juegan a ser señores de levita y galera
Estandarte y bombo
                       Igual que siempre
Las tripas huecas
                        Para bailar ligero
La sonrisa pájaro.

Somos los murgueros
Los del paso tambaleante
que te cantan las cuarenta  y sacuden la alegría reprimida
Somos los oscuros con luz propia
 los tullidos los feos los villeros
los cuerpos que te copan la avenida
que te afean el paseo
los pibes de los que no hablan los noticieros
Somos un ejército de saltimbanquis
nosotros con gomeras  ustedes con armas de fuego
Tengan cuidado que Momo
anda corriendo de noche  con una antorcha en la mano
no le gusta al soberano
que “ Los Auténticos Reyes del Ritmo”….….. no anden bailando .

                                                                                                  Roxana D’Auro

sábado, 30 de enero de 2016

En los ’90 tuve conejos


Una vez mentí con conejos
Que eran blancos
Esponjosos
Mulliditos
Y tenían hambre
Hambre de conejos, de pobres animalitos
que es hambre
NO es vergüenza

Una vez mentí
que vivían en mi casa los conejos
sin problemas ni desvelos
porque ven el  mundo  rosa con su   púrpura mirada
La gente  buena me regalaba
zanahorias, lechugas , manzanas
porque son vegetarianos mis conejos
están acostumbrados
no se quejan
ni lloran
ni gritan proclamas
se duermen temprano  y van al cole caminando agarrados de la mano

Una vez engañe a los conejos
Les preparé un banquete
de sobras y  frutas rancias
Igual me dijeron gracias mamá
me dieron un beso

Y se fueron a dormir  hasta mañana                                                 Roxana D’Auro                                               

miércoles, 20 de enero de 2016

El Héroe

Un cuentito de allá lejos....premiado en 2009 por la Asociación Argentina Tango al Mundo - Foro de la Memoria de Pompeya Pedro Joulie

 Dicen que once y media de la noche, más o menos, cerraba  el local. Avenida Jujuy, ahí, al toque de Plaza Miserere se ponía pesada a esa hora, pero más que correr a alguno que cabeceaba sentado  en la puerta del negocio,  no pasaba. Lo demás era bajar la cortina, poner el candado,  montar el pingo de acero. Se clavaba hasta debajo de las orejas  el gorro de lana negro y los guantes, negros también. Subía a tope el cierre de la campera y  por encima del cuello, enrollaba la larga bufanda que, como serpiente de lana, le cubría boca y nuca y  lo protegía del húmedo frío porteño. Así,  atravesaba la noche invernal,  silbando unos tangos. Parecía una versión urbana  del enmascarado zorro, cabalgando en un  alazán de rayos y caños despintados.
Media hora y  llegaba destino. Iba directo al baño.
Iniciaba la ceremonia.
Doblado con un cuidado extremo, imitando una maravillosa pieza de origami, sacaba de su mochila el traje gris  oscuro y la camisa negra. En el ritual mutaba y caían al suelo el buzo y los jeans, y también se despojaba de  la rutina, la vulgaridad.
Desde afuera ya sonaba Di Sarli y se escuchaba el murmullo de la gente que empezaba a poblar la noche.  Metido en el traje de milonguero, su actitud corporal cambiaba,  más erguido,  muchos juraban que hasta crecía. La expresión de cansancio abandonaba su rostro y, a medida que se peinaba con  gel frente al espejo, el brillo de sus ojos se encendía, la sonrisa ganadora brotaba, y unos hoyuelos que habían estado agazapados durante el  día, surgían a los costados de sus labios. Faltaba aún  la pieza maestra.
De una bolsa de tela, con solemnidad, sacaba su tesoro.
Zapatos de tango. Lustrados. Negros brillantes. Tan brillantes y  mágicos como los rojos que usaba Judy Garland en el Mago de Oz. Y, tal cual lo hacía Dorothy,  chocaba los talones,  no para volver a su casa sano y salvo, sino para salir a la pista, con la chispa en los pies.
El salón brillaba bajo las luces de las arañas. En las mesas se apelotonaban  decenas de mujeres que esperaban  con las  sandalias puestas, los labios rojos y las ilusiones a flor de piel.
El hacía una barrida con la mirada, y  reconocía al instante cuál de todas había estado “planchando” desde que llegó. Ubicado estratégicamente, la cabeceaba y al incorporarse y dejar la silla-prisión, la mujer  se  estremecía y hasta las lentejuelas de la blusa, adormiladas, se sacudían.
Cuando arrancaba otra tanda al ritmo de  Tanturi, desde su parada recorría con  mirada experta las manos, los dedos,  descubriendo esa marca  que deja  la ausencia del anillo  que antes lo adornaba y rescataba  del hastío y la soledad a más de una. Las manos desnudas, se transformaban en abrazo, en caricia.
Con Pugliese esperaba al costado de la barra, cerca del toilette de señoritas  la oportunidad de chocarse con las de anteojos cuando salían, cabezas gachas  ,   para guiarlas hasta   la pista, que pocas veces pisaban porque otras, con ojos más audaces y entrenados, les robaban los candidatos.
Y cuando llegaban  las milongas de Castillo, en sus brazos,   rejuvenecían las de más de cincuenta cerrando los ojos para revivir en el ritmo frenético  los carnavales  de su juventud en el club del barrio.
También se encargaba de rescatar de las garras de algún villano entrenado en pisar y empujar, a las más bonitas y delicadas, que cuidaba en la pista, conocedor de su fragilidad.
Pero había un tango, el último tango  de la milonga, que desvanecía todos sus poderes. Cuando sonaban los acordes de La Cumparsita, en el último aliento de la milonga, enfilaba con disimulo  hacia el baño a cambiar nuevamente su identidad guardando  la  magia,  prolija, en la mochila. Cantando bajito se iba, para que nadie se diera cuenta de su aparición sobrenatural por esos pagos.

Me contaron esta historia unos viejos milongueros que viven acodados en la mesa del rincón de La Ideal.  Ellos aseguran  haberlo visto  atravesando  de madrugada   los barrios  en bicicleta, cuando el bandoneón calla y los tamangos  duermen,  pero todos sabemos bien  que Buenos Aires es una ciudad que sienta bien a los fabuladores. 
Roxana D'Auro

jueves, 31 de diciembre de 2015

Feliz año nuevo

El bulto se retorcía con el fuego y , a pesar de que ya todos me habían dicho que era un espantapájaros , su forma casi humana no dejaba de darme miedo , por eso lo miraba de lejos, detrás de mi madre. 
El muñeco estaba  casi en el monte , en el límite con el monte, en la época en la que el monte era una presencia salvaje en el medio de lo urbano .Allá el monte, acá las casas , entre medio,  las lenguas de barro que hacían  de calles. Después llegaría el calcáreo , el mejorado , las podas, el alambrado , el asfalto, el loteo . Pero por aquel entonces todavía el monte era nuestro bosque, nuestro lugar maldito, el atajo  para cruzar en diagonal y acortar camino , siempre y cuando uno quisiera correr los riesgos : las manadas de perros salvajes que lo habitaban , o los linyeras. A los primeros si los vi, cimarrones embravecidos que disputaban cada centímetro del territorio si osábamos entrar. Y si éramos valientes y lo hacíamos , siempre había que entrar bien preparado : una rama en una mano , para amenazar y unas cuantas piedras en los bolsillos si la amenza no resultara suficiente.
Ese día antes de que el vitel toné y la rusa estén sobre la mesa,  lo habíamos ido a ver .
Todos los vecinos hacían esa excursión, macabra, de ir a observar al sentenciado a muerte y prometían reencuentros a la hora convenida, saludaban con entusiasmo a los hijos ya crecidos  que sólo para esta ocasión volvían al barrio hechos hombrecitos , se pasaban el parte de los nuevos muertos y por lo bajo auguraban la muerte de los que todavía andaban dando vueltas entre nosotros . Yo esgrimía una sonrisa automática cada vez que mi tía o mi madre me presentaban  ,pero mi atención entera estaba puesta en el espantapájaros, en sus borcegos viejos , de cuero reseco , en sus pantalones manchados  sostenidos por una soga en la cintura , la camisa abrochada hasta el ultimo botón , el saco apolillado .
 -Está relleno con estopa , me explicaba mi primo, para que encienda más rápido,
 Tenía la cabeza,una  cabezota,  toda envuelta en medias de nylon de mujer , corridas.
 -Le hicimos la cabeza de paja , seguía con los tecnicismos mi primo , y se la envolvimos con medias para que no se desarme .  
Era infame esa silueta descaderada clavada ahí en el medio de la alegría , interrumpiendo las corridas de los chicos, proyectando una sombra fantasmagórica sobre los frentes de las casas adornados con lucecitas de colores.
 -Cuando lo quemamos se va todo lo malo, volvió a la carga mi primo. 
Y lo odié , más que nunca , porque me ponía en evidencia ante todos como la extranjera, la porteña que no entendía las costumbres locales. 
La retirada fue casi al unísono , todas las familias fueron a disfrutar sus cenas y postres y vinos y brindis y , parado,  o casi como parado , quedó aquel en la calle solitaria , sobre un asfalto que todavía emanaba sus vahos de calor , moviendo su cabezota lentamente por la suave brisa vespertina de verano. Desde la puerta de la casa lo volví a mirar , le miré esa expresión que parecían dibujarle en el rostro las sombras de las ramas de los árboles.
Afuera la calle estaba vacía , adentro las familias a los gritos se pasaban las fuentes con comida; allá,  del otro lado del monte,  los perros cimarrones aullaban; acá,  adentro de las casas,  las gentes también aullaban a las doce de la noche . No pasaron ni cinco minutos que todos juntos salieron , de todas las casas salían las gentes, decididas . Hicieron una ronda alrededor del espantapájaros y primero los chicos quisieron prenderlo fuego con unos fósforos,  pero llegaron los vecinos de la casa de dos plantas, ellos si que estaban organizados, con antorchas que flameaban amagaban con quemarlo haciendo crecer el deseo de la muchedumbre que comenzó a aplaudir , luego a cantar 
- Que lo quemen, que lo quemen.....,   para terminar gritando , chiflando , pegando alaridos en un fervor exacerbado de manos que se agitaban con los dedos pulgares hacia abajo,  y de pronto el fuego le tomó los pies y las piernas se le retorcieron y el linyera ahogó su grito en las llamas que le envolvieron rápido su cabezota mientras todos aplaudían y gritaban feliz año nuevo.

Roxana D'Auro

lunes, 21 de diciembre de 2015

La sombrilla de colores


-La sombrilla de muchos colores. Fíjate bien, dijo mamá.
-Voy a estar sentada acá, al lado de la sombrilla de muchos colores.
La sombrilla era  una de esas grandes con un gajo amarillo, otro rojo, uno verde, otro azul, ribete blanco.
Era bien grande. Y bien colorida.
Imposible no verla. Imposible perderla.
El mar estaba allá adelante, llamándome.
¿Cuántos pasos habrá desde mamá hasta el mar?
¿Cuánta agua cabrá en un baldecito de plástico?
¿Cuánto tiempo tardará una ola en llenarlo?
Sintiendo un impulso que era un escozor en la planta de los pies, fui hacia el mar, sin dejar de echarle un vistazo  antes a la sombrilla, tan grande, tan de colores, tan rojo, tan amarillo, tan verde y azul.
Corrí hacia el mar, con pasos cortos, sintiendo los caracoles triturados  pinchándome los pies. Dejé  que la arena mojada me los tragara y el lamido helado del mar los mojara. Luego me miré las manchas de sal en los tobillos.
Sopesé el balde para verificar que podría regresar con la preciosa carga , y con balde en mano levanté la vista. Ante mi horror la playa se había poblado de sombrillas. Crecían bajo el sol  como los hongos aparecen bajo los árboles luego de la lluvia y la humedad.
Todo sombrillas, sólo sombrillas, grandes, de lunares, de flores, de colores, de gajos de colores.
Creo que fueron los colores los que me hicieron llorar o, tal vez el sol, tan fuerte, o la sal del mar, pero fue la única vez  que me aplaudieron cuando lloré.

                                                                                                      Roxana D’Auro

lunes, 12 de octubre de 2015

El maíz de Chiro


Chiro vive en Misiones.
Donde la tierra es colorada como el rubor que usan las tías viejas en los cachetes.
Donde los pájaros vuelan bien alto para llegar al arco iris y teñirse las plumas con sus colores.
Su casa está cerca de Takuapí, un monte lleno de cañas tacuara que, en las tardecitas de verano, bailan y soplan canciones.
Su abuela es una chamana muy amiga del Cacique del lugar.
Chiro la ayuda en su caminata  diaria, a la mañana, cuando la hierba esta húmeda y los piecitos se le  empapan con  agua de rocío.
Piden permiso al Señor del Monte para entrar y hurgar entre sus secretos. 
En unos canastos que su padre fabrica, van recolectando. La abuela gusta de comer el brote de la palmera pindó, o el fruto del guembé y la miel de la abeja negra jate’i.  Él se encarga de buscar  ka’ a piky,  la hierba tierna para bañar a los más pequeños.
Chiro no es un indio con pluma, arco y flecha como los manuales de la escuela muestran en sus láminas multicolores. No.
Le encantan los chizitos, las gaseosas, y cuando alguien trae pilas del pueblo, juega con sus hermanos  en su jueguito electrónico.
Tiene las patitas largas de tero y unos ojos negros que  saltan de su cara.
La “abu” ya no sabe cómo hacer para convencerlo de que coma lo que el monte le ofrece.
-Si me hiciera  caso, m’hijito no tendría las tripas siempre  gruñendo de hambre, rezonga la vieja.  Pero Chiro  sale corriendo con sus hermanos, masticando algún caramelo para entretenerse sin escucharla.
Un día, la abuela se adentró en el monte y  chifló finito, muy finito como si se hubiese tragado un silbato,  y salió  de su madriguera una  paca.
-¡Ay!, Paca, Paquita,  le dijo -Ayúdame con este chango, mi nietito.
La abu podía hablar con todos los animales del monte. Ellos la respetaban mucho, por eso la paca la escuchó y decidió ayudarla.
La paca era una excelente nadadora y esperó la oportunidad de acercarse al niño.
Chiro estaba junto al  río, caminando solo, haciendo sapitos con las piedras.
-Chist, chist-, lo chistó el animalito.
Él no lo podía creer. Con sus ojos negros, grandes como escarabajos, la miró mientras  se acercaba  tímidamente.
-Hace calor, le dijo ella con soltura.- ¿Vamos a nadar juntos?
Con un poco de vergüenza, Chiro reconoció que no sabía hacerlo y se animó a preguntarle:
-¿Tú podrías enseñarme?
- Claro que sí,  respondió la paca,  sabiendo que el niño había caído en la trampa, aunque me parece que tus piernitas no tienen la suficiente fuerza para patalear y sostenerte flotando en el agua. Podrías ahogarte o ser llevado por la corriente hacia  abajo, contra las piedras. Pero tengo algo mágico  que te ayudará. Júrame que no le dirás a nadie mi secreto.
El niño asintió con la cabeza, temblando de emoción. Entonces la paca se deslizó hasta su madriguera y de allí sacó una mazorca de maíz.
Decepcionado, el muchacho le protestó:- ¡Pero esto es maíz!
-No es un maíz común, dijo ella  solemnemente.
-Es el “avatí shishi”, él se transforma en energía cuando lo comes y te dará el vigor necesario para que juegues una carrera conmigo en el río.
Chancleteando y levantando polvo rojo por el camino, Chiro volvía a su casa  cuando se topó con un pecarí, un chancho del monte, que le dijo burlón:
- Tu enojo se puede oler a diez kilómetros de distancia, muchacho.
-Y tú qué sabes,  le respondió  Chiro, ya no tan sorprendido de que el  rechoncho animal hablara.
-Hagamos una competencia, le sugirió el chanchito.
-Me vendas los ojos con un pañuelo y adivinaré cinco cosas que traigas del monte. Si no lo hago, seré la cena de tu familia.
Chiro recorrió las cercanías. Luego de un rato, acercó al hocico del puerco unas orquídeas, unos musgos, algunos cactus  y hasta laurel y yerba mate.
Asombrosamente el pecarí adivinó sin errores cada uno de ellos.
-¿Cómo has hecho eso?, preguntó el muchacho.
-Podría ayudar mucho  a mi abu, que ya no ve muy bien para elegir las plantas.
-El secreto está en  el “avatí ava”.  Raspando con sus pezuñas en el barro, desenterró  un maíz de granos muy oscuros, intercalados con algunos amarillos.
-Prueba con esto, es el secreto de mi don. En un mes, veremos quién gana. Te voy a estar esperando aquí. Y  corrió a reunirse con los suyos.
Chiro guardó el segundo choclo en su alforja, pensando en los dones de los animales que él no poseía, cuando apareció sorpresivamente frente a  él un venado.
-¡Hola!, dijo risueño. -¡Casi te tropiezas conmigo!
-Es que apareciste de la nada, rezongó el niño.
-El interior del monte es peligroso. Trato de caminar sigilosamente sin que nadie me vea,  le explicó el animal. ¿Quieres que te muestre?
El venado se internó en el sombrío monte. Adentro,  las plantas se abrazaban una junto a la otra tanto que no dejaban pasar el sol. Chiro caminaba tras de él, pero por momentos iba perdiendo su paso. El venadito parecía invisible, su color se confundía con el entorno. En el desorden de troncos caídos y ramas, saltaba con agilidad y gracia, mientras Chiro se tropezaba, enganchaba su remera y también su cabello entre los arbustos y  cañaverales.
El animal se divertía con la torpeza del niño, hasta que lo vio completamente enredado entre lianas  y toda la enmarañada vegetación  y decidió ayudarlo.
El cervatillo le enseñó su danza. Cómo, solamente con las patas delanteras, se preparaba para dar cortos saltitos esquivando  arbustos y mantenía el equilibrio doblando su cintura. Chiro trató de imitarlo, pero con mucha torpeza terminó con la  nariz en el medio del barro.
-Necesitas algo que te ayude a concentrarte, que  haga crecer tus huesos y dé fuerza a los músculos también, le sugirió.
Sí. El niño deseaba todo eso para poder danzar así, maravillosamente, en  el monte.
El venado,  empujando con su hocico, le trajo un “abatí morotí”, un maíz de granos gigantes, blancos y amarillos.
Ya resignado y sin entender muy bien cómo todos los secretos podían estar en un grano de maíz, Chiro llegó a su casa. Cuando su abuela  vio la alforja, se puso muy contenta y recordó unas ricas recetas que su tatarabuela hacía cuando ella era pequeña. Pisaron los granos juntos,  cantando hermosas canciones. Luego, con agua del río formaron una masa bien húmeda e hicieron los bollos. Chiro los achataba hasta transformarlos en discos, y después en la olla caliente los cocinaron.
Mmmmmm… el olorcito era tan delicioso que todos los animales del bosque se acercaron. Muchos tímidos, como los pájaros,  esperaban alguna miguita perdida. Pero había tres  que sabían que recibirían  una muy buena porción.
Ellos eran la paca, el   pecarí  y  el venado.
Chiro comía con desesperación, pensando en cómo nadaría, correría por el medio del monte y olería todos sus aromas. Estaba feliz mientras  comía porque al final, la abu tenía razón y esos bollos eran deliciosos.
Y aunque ahora, a veces, come papas fritas y palitos, sabe que es dueño de los  secretos que esconden……. los granos del maíz.


                                                                                                              Roxana D’Auro
Cuento publicado en España por Libros en acción  
(Cuando los cultivos alimentan coches...relatos sobre los agrocombustibles y el expolio a los pueblos del Sur) 
Ilustración : Dolores Mendieta http://www.doloresmendieta.com.ar/